“AMOR COMPASIVO…” (APARECIDA, 437). Por Umberto Marsich, M.X.* 

ACERCA DE LA ATENCIÓN PASTORAL ECLESIAL HACIA TODOS LOS ‘FRAGMENTOS’ DE FAMILIAS… 

En el mes de mayo 2012 la Iglesia celebrará un nuevo congreso mundial de la familia, en la ciudad de Milán, y todas las comunidades cristianas están invitadas a prepararse adecuadamente. 

La familia es, indiscutiblemente, la base formativa para la vida personal y social de cada ciudadano. Sin ella, todo se hace más complicado y difícil. Además, es la familia el espacio humano más favorable, también, para un crecimiento armónico de toda persona y para el cultivo y desarrollo de los grandes y trascendentes valores de la existencia humana: Dios, fe, esperanza, solidaridad, civilidad y amor. De la calidad de la familia depende la calidad de la sociedad. Es por todos reconocido que la ‘disfuncionalidad familiar’ es el primer causante del resquebrajamiento social. Sin una sana familia, detrás de cada persona, no habrá inyección alguna de valores morales y, mucho menos, ejemplos de vida a imitar. 

Es incuestionable, desde luego, la correlación existente entre la inestabilidad familiar y los problemas sociales de la criminalidad organizada, inseguridad generalizada, drogadicción, alcoholismo y delincuencia común. Con razón, así se expresaba recientemente el Primer Ministro del Reino Unido: “Si queremos, por lo tanto, tener alguna esperanza de enmendar nuestra sociedad resquebrajada, la familia y la crianza de los hijos es por dónde debemos empezar” (David Cameron). 

Hasta hace unos años, nadie ponía en tela de juicio la bondad y necesidad de la familia. Hoy en día, por lo contrario, la familia parece enfrentar embates culturales, que la cuestionan, y desafíos que la ponen a prueba. El modelo tradicional y único de una familia compuesta por un ‘padre, madre e hijos’ es, hoy, complementado por otras composiciones familiares. La fragilidad psicológica y la superficialidad con la que, hoy, las parejas se unen en matrimonio, se separan para siempre y se vuelven a casar, siguen generando un sinnúmero de ‘familias heridas’ y de situaciones nuevas que, inevitablemente, nos desafían pastoralmente. 

En nuestras comunidades cristianas, en efecto, aumentan siempre más familias de separados y divorciados vueltos, y no, a casarse, de madres solteras, de padres solos con hijos, de uniones libres de hecho, etc. Debemos convencernos, a pesar de todo y más allá de cualquier prejuicio, que todas las familias son ‘preciosas’: pedazos de familia que urgen sentir la cercanía de Dios y el acompañamiento de las comunidades de fe a las que pertenecen. Todas son como ‘fragmentos’ de pan eucarístico que piden respeto, comprensión y acogida evangélica. El ‘corazón compasivo’ de la Iglesia encuentra, en todo tipo de familia, un territorio inmenso donde desplegar su amor sin discriminaciones. También las familias que, jurídicamente, definimos ‘irregulares’ necesitan atención pastoral. Irregulares, en efecto, son las situaciones, no las personas, con toda su dignidad, deberes y derechos. 

Las separaciones conyugales son una realidad cultural, social y pastoral que no podemos ya ignorar. Se trata de dramas que afectan todas las dimensiones de la persona, desde el aspecto psicológico, espiritual, legal y parental, hasta al económico. Sin embargo, en el trato pastoral habrá que anunciar siempre sea la ‘misericordia’ de Dios que la ‘verdad’ del matrimonio sacramental: dos caras, de la misma moneda, inseparables e imprescindibles. Un corazón compasivo, de un lado, que no respetara la verdad, sería demasiado pobre y no reflejaría la plenitud y la belleza del Amor sacramental cristiano, y, de otro lado, la verdad sin misericordia se cristalizaría en una doctrina rígida y aplastante. Ser fieles a las leyes no significa, para la Iglesia, renunciar a ser Maestra y Madre premurosa y misericordiosa. Sólo la humildad y la paciencia de un camino auténtico de fe, en efecto, serán capaces de transformar las heridas de la vida en ventanillas que dejan entrar esa luz y esperanza que no decepcionan. Todo esto, evidentemente, se realizará con realismo, o sea, a través de los pasos obligados del dolor, la tristeza, el perdón y la paz.   

Será también importante clarificarnos las diversas situaciones de las separaciones: hay algunas que derivan objetivamente de un rompimiento común de la unidad conyugal, pero, con el deseo de permanecer en la fidelidad matrimonial; mientras hay otras situaciones donde los divorciados optan por acompañarse con otra pareja, con o sin matrimonio civil. Las situaciones diversas exigen caminos pastorales diversos. Lo cierto es que ningún ‘fragmento’ de familia debe ignorarse porque por todas hay un camino de santidad posible. Los separados, fieles al sacramento del matrimonio, testimonian al mundo la presencia fiel y permanente del ‘Esposo’ Jesús con el acceso a los sacramentos; los divorciados, vueltos a casarse, seguirán al Señor por un camino de fe al que no será permitido, aún, la vía sacramental de la Eucaristía y de la Reconciliación. A la Iglesia, por cierto, no se le puede pretender lo que no puede dar. La ‘verdad del matrimonio’ eclesiástico nos habla de una experiencia sacramental de la ‘fe’ y, desde luego, habrá que ‘gritar’, con más fuerza, lo que se va a celebrar, cuando las parejas deciden casarse ‘en el Señor’, proponiéndoles ‘itinerarios pedagógicos de fe’, que contribuyan a su formación. Actualmente, es así como la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y su verdad.  Una ‘atención tierna’ particular habrá que poner en acto hacia los hijos involucrados en la disgregación de las familias, para aliviar, así, con delicadeza, la magnitud de los sufrimientos evidentes o latentes, que las separaciones de los padres producen y que los hijos tienen que soportar. En fin, la Iglesia, en razón de su ‘corazón compasivo’, debe atender a todos con esos pequeños gestos que les permitan sentirse como en familia, cuando se acercan a su propia comunidad eclesial en busca de comprensión, de amor y de Dios. La Iglesia debe ser ‘casa’ y familia para todos y, especialmente, para los que están fatigados y cansados. 

*Integrante de Analistas Católicos