El Gobierno del Estado de Jalisco, con beneplácito de la sociedad, rindió hace unos días un homenaje al Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, arzobispo de Guadalajara. No faltaron tampoco, allá y en la Ciudad de México, las gastadas voces de los profesionales del jacobinismo, indignados porque las autoridades hagan un reconocimiento de esta naturaleza a un prelado. Cabe aclarar, sin embargo, que la crítica es cuando son las autoridades panistas las que se vinculan a la Iglesia, pero guardan silencio si se trata de los gobernadores priístas.
El Cardenal Sandoval es, sin duda, un punto de referencia en su Estado y para la Iglesia. No es un hombre de suavidades y elusiones, sino de claridades y firmeza. Ello, sin duda, también le ha generado antipatías y ataques, hasta acusaciones e investigaciones judiciales fundadas en rumores que no merecerían mayor atención, pero que en su momento fueron enfocadas por quienes habiendo tenido responsabilidades en la Procuraduría General de Justicia de la Nación, incumplieron con sus deberes y dejaron el batidillo que caracteriza a esa institución, infiltrada por todos lados con el narcotráfico y sospechosa de ser instrumento para la ejecución de crímenes de Estado.
Es por todos conocida la persistente lucha que el Cardenal Sandoval ha dado para lograr que se esclareciera el crimen de su antecesor, el Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, no por venganza, sino por justicia. Más cuando día a día se han venido acumulando evidencias de que dicho crimen fue concebido y ejecutado desde las entrañas del poder federal, en tiempos de Carlos Salinas de Gortari, y con la participación de agentes federales. Eso le valió la reiterada y rabiosa agresión del ex procurador Jorge Carpizo, responsable confeso de omisiones en la investigación del caso.
La posición del Cardenal Sandoval no sólo le valió ser sometido a injurias y calumnias, sino que también estuvo a punto de costarle la vida por envenenamiento, pero los autores de la maniobra no se salieron con la suya.
Hoy que todo mundo se rasga las vestiduras ante el fenómeno de la violencia promovido por las mafias, debería recordarse y ver hacia atrás, en tiempos de la “negociación” priísta con las mafias, para recordar como la impunidad del pasado en ése y otros casos, fue provocando el incremento de la fuerza de esas mafias, que no sólo han infiltrado a los órganos de seguridad, sino al aparato político mismo.
Pero el Cardenal Sandoval no sólo merece ser reconocido por ese valor a toda prueba, ni por la firmeza con que ha externado sus verdades, velando por mantener la salud espiritual de quienes tiene a su cargo como feligresía, en medio de lobos, como condición necesaria para la salud social que ahora tantos añoran, pero cuya raíz no sólo desconocen sino hasta combaten. Impulsados por la Arquidiócesis de Guadalajara encabezada por el Cardenal Sandoval, se encuentra un ejército de hombres y mujeres, no necesariamente sacerdotes, que realizan una impresionante labor social que lo mismo abarca la asistencia caritativa que el desarrollo humano.
En la arquidiócesis existe un ejemplar banco de alimentos que ha servido de modelo a otros en el país. Gracias a él se alimenta a 104 mil jaliscienses en condición de pobreza. Allí se cobija la obra religiosa de quienes atienden a más de 500 enfermos de SIDA, Cáritas de Guadalajara moviliza a más de 2 mil voluntarios para desarrollar cerca de 200 mil servicios sociales y se atiende a 45 comedores para alimentar a los hambrientos.
Por otro lado, de la Arquidiócesis dependen la Universidad del Valle de Atemajac, orientad a la formación de la juventud, en una comunidad de 7 mil personas, y cuya labor se ha extendido, ya, más allá del Estado.
¿Qué es lo que les duele a los jacobinos por este homenaje tan merecido? ¿Será acaso que la vida y obra del Cardenal no se presta para desprestigiar a los religiosos ni a la Iglesia? ¿Será porque a estos jacobinos no les ha caído el veinte de la modernidad, distinguiendo laicismo, como actitud persecutoria y excluyente de la realidad religiosa, de laicidad, como reconocimiento de dicha presencia, de su necesidad y beneficios, sin que ello implique que la Iglesia somete al Estado, como su imaginación les dicta? Ya es tiempo de que abran los ojos y vean lo que México, y en general la sociedad, debe a la Iglesia y a prelados ejemplares como el Cardenal Juan Sandoval Íñiguez.
*Colaborador de Analistas Católicos. Licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva. Maestría en Desarrollo Humano y Diplomado en Filosofía Política. Periodista desde 1968, catedrático universitario y funcionario público a partir del año 2000. Participa en diversas organizaciones sociales. Actualmente Presidente del Comité Editorial de yoinfluyo.com.


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