Que no sean hipócritas y vengan los antirreligiosos con eso de las “¡felices fiestas!” dizque por practicar la “corrección política”. En Navidad, les guste o no, celebramos no un jolgorio cualquiera. ¡Celebramos el cumpleaños del Hijo de Dios!
Y aunque algunos Grinch insistan por el “estado laico”, el “multiculturalismo” y otros rollos en no alegrarnos por el nacimiento de Cristo sino sólo por las “fiestas” pues los judíos también celebran el Janucá o el triunfo de los macabeos sobre los griegos, los musulmanes la fiesta del sacrificio o peregrinación a la Meca y algunos ateos, si es que de veras con su amargura festejan después de todo algo, el solsticio de invierno, aun así, el Janucá fue del 2 al 9 de diciembre, la fiesta del sacrificio será al fin del año y el solsticio fue el 22 de diciembre. Feliciten a los judíos, musulmanes y ateos específicamente entonces. Además, háganlo con la debida mesura. Esas fiestas son unas más entre muchas otras de mayor importancia en sus calendarios. No así la Navidad para los cristianos de occidente. Con ella festejamos el nacimiento de quien sabemos es el único Dios. Ésta y no otra es la fiesta el 25 de diciembre y es muy importante para nosotros. Es más, ésta es la fecha feriada en el calendario mexicano y en el calendario de casi todos los países americanos, europeos y muchos otros más porque allí la mayoría de su población es cristiana.
Donde la mayoría es judía, judías son las fiestas, y donde musulmana, dedicadas sólo a Alá. La ventaja de hallarte en un país cristiano es que, de ser tú un Scrooge, puedes no celebrar la Navidad. Pero ni se te ocurra en Pakistán ignorar el 16 de marzo el Nacimiento del profeta Mahoma porque allí te degüellan por “blasfemo”.
Hay quienes insisten que de cualquier modo la Navidad se les impone a todos por ser un día oficialmente feriado en toda la república. Por ley se interrumpen, bien observan, las labores, y hay que pagarles salario a los trabajadores como si en verdad entonces trabajaran. Eso es, denuncian, un imponerle una “creencia” y un “festejo” a las minorías que no comparten dicha creencia. Pues si así lo piensan, enójense también porque cada semana el día feriado es el domingo, es decir, “dies Dominicus”, Día del Señor, Día de la Resurrección del Jesús, después del sábado, que es el feriado para los judíos, y del viernes que es el feriado para los musulmanes. Y exijan que no haya ningún día feriado en la semana, que todos trabajemos, como ocurre en China comunista y “paladina de los trabajadores”, sin ningún descanso semanal. Porque la solución no sería escoger el sábado judío o el viernes musulmán. En cualesquier casos sería un dizque imponer una creencia a los demás. Lo sería inclusive la mismísima decisión de no celebrar porque después de todo no la compartimos todos: se les impondría a quienes no estén de acuerdo con ello.
Pero la Navidad es una fiesta religiosa y no una fiesta laica, podría un terco insistir. Las fiestas laicas no imponen creencias, diría, sino se basan en los “hechos”.
No todas. Ahí estamos celebrando en México, y es obligatorio en todas las escuelas, a los Niños Héroes el 13 de septiembre, y no hay dato histórico que confirme su participación en la Guerra de 1847. Y hay fiestas “laicas” que son después de todo muy religiosas, por ejemplo, el Día de Muertos, que dizque busca defender la cultura mexicana de la invasión del Halloween gringo, pero obliga a nuestros estudiantes en las primarias y secundarias a practicar viejos ritos aztecas, que no son cristianos, con el pretexto de que ésa es la auténtica mexicanidad, no así el simple Rosario a los Fieles Difuntos de la mayoría católica. ¡Órale!
Y aunque la fiesta laica se base, a fin de cuentas, en un “hecho”, el celebrarlo no dejaría de ser, desde la perspectiva estrictamente “laica”, el imponer un valor a los demás: “esto sí merece una fiesta”. Miren ustedes las reacciones de no pocos a la celebración del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución. Muchos consideraron ofensivo celebrar la independencia cuando, según ellos, no somos un país independiente sino sumiso a los dictados de Washington. Otros asociaron la celebración de la Revolución a la indoctrinación populista y dizque nacionalista que sufrimos en las escuelas por más de 70 años. ¡Y aunque fuesen buenas estas celebraciones laicas, aun así privilegian ciertas creencias mayoritarias sobre las que tienen algunas minorías! ¡Hay quienes a fin de año quieren trabajar!
Hay finalmente antirreligiosos que espetan en un último esfuerzo: “Las guerras de independencia y de la revolución son hechos históricos, Jesús no”.
Se equivocan, pues hay más testimonios históricos que confirman la historicidad del nacimiento de Jesús en Belem que de Julio César cruzando el Rubicón. Y es el antirreligioso quien promueve curiosamente el cesarismo, es decir, la subordinación, si no es que supresión de la religión, en función del César.
Que Jesús vino al mundo es una verdad de a kilo, como lo es, si no se le reconoce como Dios, el que ordenara el Sabath para el hombre y no al revés, y estableciera así la primacía del hombre sobre todas las cosas. Es más, según da testimonio san Pablo, fue Jesús quien estableció las bases del estado moderno, del estado donde todos somos iguales ante la ley: “Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal., 3, 28).
Que los antirreligiosos celebren a Jesús ahora al menos por eso.
* Investigador de El Colegio de la Frontera Norte (Oficina de Matamoros, Tamaulipas) y periodista desde los 14 años (en los últimos años, publico en el periódico El Mañana de Matamoros.


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