Introducción.
En su reciente viaje apostólico y de estado al Reino Unido, Benedicto XVI ha sembrado numerosas y trascendentes reflexiones para todos, pero, de manera especial, para los políticos. Es ya universalmente aceptada la enorme capacidad de su Santidad en captar los problemas contemporáneos, analizarlos con profundidad y proponer soluciones sabias e inteligentes. Además, con lenguaje ‘fino y filoso’, sabe ir siempre al grano de los asuntos más conflictivos que caracterizan el escenario social contemporáneo.
Ética y política.
En el discurso, del pasado 17 de septiembre a los parlamentarios de Inglaterra, evidenciaba las implicaciones morales ‘nefastas’ de la política, cuando es llevada sin fundamento ético: “En el campo político –afirmaba con determinación- la dimensión ética tiene consecuencias de tal alcance que ningún gobierno puede permitirse ignorar”.
En México, donde cualquiera referencia ética es considerada inoportuna y contraria al estado ‘laico’, la reflexión del Papa debería ser tomada en consideración con urgencia. Los políticos, en efecto, inmersos en una espantosa ‘confusión mental’, deberían liberarse, de una vez para siempre, de sus prejuicios ‘laicistas’, que tanto afectan el progreso del país y penalizan las libertades de los ciudadanos.
La dimensión moral, por cierto, es inherente a la naturaleza racional del hombre; la enriquece y la ordena en orden al verdadero bien de cada persona y, por lógica, al auténtico ‘bien común’. Resulta ser expresión de ‘ignorancia culpable’ identificar lo moral con lo religioso o eclesial. Otra cosa es el reconocimiento del aporte de la religión para esclarecer los ‘principios morales naturales’ que, de por sí, se pueden alcanzar, también, con el solo uso de la razón: “La tradición católica –reconocía Benedito XVI en el mismo discurso- sostiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la Revelación”. Por lo tanto, consideramos ideológico e injusto que los políticos mexicanos sigan excluyendo, apriorísticamente, la dimensión ética en el ejercicio de la política y en la elaboración de las leyes. El haberlo hecho, con motivo de las leyes liberalizadoras del aborto, del matrimonio entre personas del mismo sexo, con su correlativo derecho a la adopción, ha seguramente perjudicado a los más débiles e indefensos.
Religión y política.
A este punto, Papa Benedicto nos recuerda también cuál debe ser el papel de la religión en el debate político. No es, desde luego, el de proporcionar normas ni deliberaciones políticas; menos aún, el de proponer soluciones concretas a la política, algo que está totalmente fuera de su competencia. El papel de la religión, más bien, consiste: “En ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos”. En seguida, el Papa continúa definiendo el papel ‘corrector’ de la religión, respecto a la razón y reconoce que no siempre ha sido ‘bienvenido’. Tal vez, porqué tampoco la religión, históricamente, se ha dejado corregir por la razón. Sin embargo, sigue aclarándonos el Papa: “Sin la ayuda correctora de la religión, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideración plena de la dignidad de la persona”.
El ‘mito’ del laicismo mexicano.
Puesto que, en México, sobrevive una concepción fanática y enfermiza de ‘laicismo’, no de ‘laicidad’, heredada del siglo XIX, nuestras reflexiones serán seguramente rechazadas, por indebida intromisión de la Iglesia y del clero en la política del estado. Varios son los pensadores que, hoy en día, admiten que, atrás de este laicismo irracional y obsoleto, se encuentran grupos doloridos de jacobinos extemporáneos y masones trasnochados que, propugnando un laicismo fanático, lo que buscan es la conservación de un ‘feudo’ exclusivo de opinión. Por eso, maniobran, con insultos verbales y falacias legales, para silenciar a los católicos.
Vivimos en un país, mayoritariamente católico, que ha logrado su independencia gracias a la participación de ilustres religiosos y a la motivación guadalupana. Sin embargo, es el país que más intenta relegar a la religión en el ámbito privado y que más reprime a los católicos, cuando piden expresar libremente sus opiniones. Su Santidad, en el discurso al Parlamento del Reino Unido, denuncia las injusticias que se cometen en contra del Cristianismo y defiende el derecho a la libertad religiosa con las siguientes palabras: “No puedo menos que manifestar mi preocupación por la creciente marginación de la religión, especialmente del cristianismo, en algunas partes, incluso en naciones que otorgan un gran énfasis a la tolerancia”. No queda ninguna duda que, entre las naciones que otorgan un gran ‘énfasis’ a la tolerancia sin practicarla, se encuentra también México. La cosa es que, aquí, no tiene significancia la correspondencia entre lo que se declara y la realidad; entre los discursos oficiales y la cotidiana práctica política. Es, inclusive muy reciente, el intento descarado, por parte de conocidos hombres de la política, de ‘silenciar’, con el poder del estado, la voz de la religión relegándola a la esfera meramente privada. Somos testigos de un ejercicio ‘surrealista’ de la política, “donde hay quienes sostienen que, a los cristianos que desempeñan un papel público –son palabras de su Santidad- se les debería pedir que actuaran contra su conciencia”. Se trata de ‘signos preocupantes’ de un fracaso en el aprecio de los derechos de los creyentes a la libertad de conciencia y religiosa. Libertades cuya implementación no debería depender de la voluntad de un estado. En efecto, son derechos naturales, cuya existencia es anterior al estado, y que deberían ser tutelados por el estado mismo.
Conclusión.
La transición hacia un México moderno, justo, ordenado, pacífico y respetuoso de las auténticas libertades, permanecerá utópica, por cierto, mientras permanezcan los prejuicios históricos, las actitudes arrogantes y las ideologías de moda: factores que frustran las legítimas aspiraciones de los mexicanos; que merman los sanos deseos de participación ciudadana y que condenan al país a permanecer anclado en los mitos del pasado. Si los principios éticos, que fundamentan la vida civil y que sostienen el proceso democrático, no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social frecuentemente manipulado, entonces, bien difícilmente consolidarán nuestra democracia.
En fin, no es posible que los gobiernos ignoren la dimensión ética de las leyes que promulgan y no prevean sus alcances a largo plazo. Los gobiernos deberían aceptar que, cuando los pastores de la Iglesia proponen, en el debate social, su sabiduría moral, lo único que pretenden no es la conquista del poder o el reparto del botín, sino ayudar a purificar la inteligencia e iluminarla para discernir las leyes justas, o sea, aquellas que contribuyen al bien común. No a su destrucción.
*Misionero Xaveriano. Doctor en Teología por la Universidad Angelicum de Roma.


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