De julio a octubre de 1968 la ciudad de México conoció un periodo de violencia e incertidumbre como no se había visto desde la revolución. Golpizas y ametrallamientos, quema de vehículos, zacapelas a gran escala y aprehensiones instantáneas. El conflicto que enfrentó a estudiantes y personal de la UNAM y el IPN contra el gobierno llegó a su clímax de violencia el 2 de octubre.
El ejército había desocupado la Ciudad Universitaria el 30 de septiembre y desde ese día había habido actividades en sus instalaciones por parte del Consejo de Huelga. Si se convocaba a una manifestación, sería lógico que fuera en CU, pero por causas aún no aclaradas se decidió realizar el siguiente mitin en la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Las circunstancias de esta convocatoria también son motivo de debate: unos dicen que ese mitin fue la culminación de un exitoso movimiento que cada vez atraía más a la gente; otros afirman que los líderes estudiantiles estaba perdiendo su poder, por lo que llamaron a una manifestación en la que seguramente habría mártires para capitalizar.
A las cinco de la tarde fue la cita. Miles de personas se congregaron en la plaza, incluyendo a varios periodistas nacionales y extranjeros. Hablaron tres oradores. A las seis con diez minutos se pudieron observar unas bengalas verdes, no se sabe si lanzadas desde un helicóptero o desde el techo del templo de Santiago; en todo caso, fueron lanzadas por miembros de la fuerza pública. En ese momento, un nutrido grupo de soldados avanzó hacia la plaza por sus lados abiertos. Algunos autores afirman que el jefe de los soldados, el general José Hernández Toledo, habló por un megáfono y pidió a la gente que se marchara a sus casas, y entonces varias ráfagas de metralletas fueron disparadas contra él y sus hombres, desde el edificio Chihuahua. El general cayó herido y los soldados abrieron fuego contra los francotiradores. Por otra parte, varios escritores favorables al movimiento afirman que, al caer las bengalas, los soldados avanzaron de inmediato sobre la multitud, disparando fusiles y ametralladoras contra todo lo que se movía; el incidente del general Hernández Toledo es omitido por completo. También hay alguno que dice que primero disparó el ejército y luego cayó herido el general.
No se sabe a ciencia cierta cuántos bandos dispararon en la plaza ni quién disparó primero. En todo caso, la gente que estaba en medio fue la víctima directa de la balacera, por lo que se habla de hasta cien muertos y centenares de heridos, así como de mil 500 detenidos. Los disparos se prolongaron hasta media noche, y la acción policíaca, incluyendo cateos y arrestos, duró todo el día siguiente.
¿Qué pasó el 2 de octubre en la plaza de las Tres Culturas? Sigue siendo un misterio. En aquella época se dio una versión oficialista que afirmaba que los líderes estudiantiles habían acumulado armas y formado grupos de choque; que estos grupos radicales habían disparado contra el ejército para provocar una masacre y usar las víctimas como mártires de una nueva revolución, de orientación socialista. Esta tesis tiene a su favor las pruebas y testimonios de estudiantes arrestados, que sí tenían armas de fuego, cocteles molotov y otros explosivos. Uno de estos delincuentes afirmó haber disparado varios cargadores con su metralleta, sin asomar siquiera la cabeza para ver a quiénes acribillaba. Fueron arrestados varios guerrilleros extranjeros, provistos de granadas de mano, y dos de ellos, de origen guatemalteco, afirmaron haber matado antes a un soldado mexicano. Por otra parte, el problema con esta versión es que desconoce la presencia, bien confirmada por toda clase de testigos, de agentes de gobierno, armados hasta los dientes, en el edificio Chihuahua y en otras partes de Tlatelolco. Unos eran soldados vestidos de civil que formaban el Batallón Olimpia y que se distinguían por un guante o un pañuelo blanco en una mano; otros, agentes de la Secretaría de Gobernación, del tipo de los que más adelante serían conocidos como Halcones, especialistas de la provocación.
En tiempos recientes se han manejado nuevas versiones, la mayoría de ellas bastante tendenciosas a favor de los huelguistas. Recordemos que muchos líderes y participantes del movimiento del 68 son ahora diputados, senadores, políticos de todo nivel, y son ellos los que conducen las actuales investigaciones sobre el 68 y la mal llamada guerra sucia de los años 70’s. Según estas versiones, el gobierno no quería solucionar el conflicto por medio del diálogo, pues consideraba como viable solamente el aplastamiento a sangre y fuego de cualquier manifestación de oposición. Los estudiantes no tenían armas, ni planes revolucionarios ni filiación castrista o socialista. El movimiento estaba infiltrado por agentes de gobierno. Estos agentes dispararon contra el ejército para hacer que éste, a su vez, abriera fuego contra la gente y ayudara así a Gobernación a aplastar el movimiento. Según otros, el ejército disparó desde el primer momento, sin pretexto alguno, para aniquilar a los estudiantes. Estas versiones tienen a su favor la ya señalada presencia de agentes federales armados, moviéndose entre la gente o apostados en el edificio Chihuahua. Pero tienen en contra varios hechos. Algunos líderes sí eran izquierdistas radicales y habían ido a Cuba en diversas ocasiones como representantes de organizaciones de lucha. El gobierno sí había aceptado el diálogo y la devolución de las instalaciones de CU eran una prueba contundente. Sí había armas en manos de muchachos y no fue en aquella tarde en Tlatelolco cuando las usaron por primera vez. Distintos testigos afirman que los soldados dispararon al principio sólo hacia arriba, hacia el edificio Chihuahua, pues desde ahí se les hacían los disparos, y muchos estudiantes fueron encontrados en ese edificio, incluyendo a los que estaban armados. Además, si sólo se trataba de provocar al ejército a disparar contra la gente, ¿por qué fue arreciando el intercambio de disparos a lo largo de las horas, llegando a su clímax después de las ocho de la noche y terminando hasta muchas horas después? Por lo que respecta a las declaraciones de que el movimiento estaba infiltrado por gente del gobierno y de la derecha, hay que recordar que los líderes arrestados declararon unos contra otros, y que se acusaron mutuamente (como hacen todos los comunistas del mundo) de ser impostores pseudo-marxistas, traidores, falsos revolucionarios, etc.
¿Quién tuvo la culpa de aquella masacre? Todos. Líderes estudiantiles dispuestos a todo con tal de obtener poder; estudiantes rijosos, dispuestos a ser manipulados, que se negaban a aceptar que el mejor modo de terminar con la represión era volviendo a clases; un gobierno de la República autoritario que sólo creía en la democracia fingida; fuerzas del orden violentas, poco profesionales y consagradas al servicio del poder, no de la sociedad; un gobierno del DF que no conocía la mesura al enfrentar desmanes; un ejército nacional, victimado por francotiradores tanto estudiantiles como gobiernistas, que no supo conservar ni la disciplina ni la conciencia para defender las instituciones sin asesinar a los ciudadanos.
¿A quién sirvió aquella masacre? A nadie, aunque sus efectos esperados no afectaban a los dos bandos de la misma forma. Aquí voy a apartarme de la opinión dominante en estos tiempos. En octubre de 1968 el movimiento estaba desinflándose, pues la represión había asustado a muchos rijosos y en las escuelas se estaban convirtiendo rápidamente en mayoría los estudiantes que querían regresar a clases. El mitin del 2 de octubre tuvo muy pocos participantes (15 mil según las versiones más favorables) en comparación con las gigantescas marchas de agosto y septiembre (de hasta cien mil personas). Si esto es cierto, el gobierno estaba ganando el conflicto y no sólo no tenía por qué aplastarlo bajo una lluvia de balas, sino que incluso una medida así le podría resultar contraproducente. Del otro lado, los líderes radicales del movimiento, que incluso hicieron golpear a los estudiantes que deseaban volver a las aulas, estaban perdiendo su poder sobre las masas estudiantiles, así como sus esperanzas de caudillismo. Necesitaban dar un gran golpe. Tal vez el mitin y la marcha del 2 de octubre revitalizarían el movimiento. Quizá los francotiradores sólo debían proteger a los miembros del consejo de huelga en caso de que el ejército atacara. O tal vez se trataba de provocar una masacre, culpar al gobierno y causar una insurrección nacional. No estoy inventando nada; estas versiones han sido manejadas por distintos autores a lo largo de los últimos treinta y tantos años. ¿Cuál de todas esas interpretaciones será la correcta? Nunca lo sabremos.
* Colaboración del semanario El Observador de la Actualidad (No. 515)


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