En contraste con los escándalos sacerdotales, que han sido magnificados, acumulados y lanzados al rostro de la Iglesia como si se tratara de un hecho normal, frecuente y exclusivo de ella, la beatificación del padre polaco Jerzy Popielusko ha pasado prácticamente desapercibida en los grandes medios, a pesar de que su martirio fue conocido en 1984 y formó parte de la lucha de Polonia por su liberación del yugo comunista. En el contexto del año sacerdotal, que ha sido de escándalo y debe ser motivo de purificación para los sacerdotes, la elevación del padre Popielusko a los altares como beato, en tanto que fue asesinado por odio a la fe, recuerda a los miles de sacerdotes que durante el Siglo XX dieron su vida por fidelidad a Cristo y a la Iglesia, dando testimonio hasta la muerte. 

Nacido en 1947 a Popielusko le tocó vivir la ocupación soviética de Polonia a través de sus gobiernos títeres. Sin embargo y a pesar del ateísmo militante de los miembros del partido en el poder, no consiguieron acallar la fe del pueblo. Por ello, lejos de languidecer vimos un florecimiento ejemplar cuya coronación fue Karol Wojtyla, quien llegara a ser Juan Pablo II. El padre Popielusko fue de la nueva generación sacerdotal de ese país, quien tuvo en el Cardenal Stefan Wysynski un auténtico pastor que supo sortear los tiempos difíciles de la posguerra. 

Popielusko se acercó a los miembros de Solidaridad durante la lucha de este sindicato contra el régimen comunista para darles asistencia espiritual en medio de la incertidumbre de lo que podría ocurrir, pues protestas similares del pasado habían terminado en derramamientos de sangre. Cuando el sindicato fue proscrito y declarado el Estado de Guerra, este valiente sacerdote siguió alentando a quienes luchaban por sus derechos y por su patria, mediante la celebración de las Misas por la Patria, que sin inmiscuirse en política, constituían un repaso dominical, a través de las homilías, de cómo los valores del Evangelio se habían inculturado en esa nación eslava al grado de haber definido su identidad. 

La radio Europa Libre trasmitía dichos sermones y eran escuchados en toda Polonia, por lo que el padre Popielusko se volvió una espina molesta para el régimen. Como suele ocurrir con los gobiernos totalitarios, se trató de hacerlo a un lado, primero fue arrestado con falsos cargos por lo que tuvo que ser liberado; luego intentaron matarlo mediante un falso accidente de tránsito, pero se salvó. De allí que, para no errar, fuera secuestrado por tres agentes de la policía secreta del régimen, torturado y martirizado finalmente arrojándolo a la presa Wloclawek con una roca atada a los pies, para que no fuera a emerger. Pero, finalmente, los asesinos confesaron y sus restos fueron rescatados. 

El Papa Benedicto XVI se refirió a él, después de su beatificación, como un ejemplo de cómo el bien triunfa sobre el mal. Y, una vez más, se aprecia que el triunfo del bien pasa por la Cruz, por el martirio, como Cristo. Así, lo que para unos parecía una victoria, al eliminar el “estorbo”, en realidad se convirtió en un símbolo de perseverancia hasta el final. 

Durante mi visita a Polonia en 1988, todavía Solidaridad estaba en la clandestinidad, y aunque era una clandestinidad sui géneris, pues era fácil localizar sus puntos de reunión y a sus líderes, no era permitida su existencia pública. El único lugar tapizado de banderas del sindicato, eran las rejas que rodeaban la Iglesia de San Estanislao Kotska, de donde era párroco Popieluzko y donde está enterrado bajo una gran cruz de mármol. 

Esa Iglesia era símbolo de la lucha de Solidaridad, pero también del martirio de un sacerdote ejemplar y de la patria misma. Allí acudían miles de familias, de jóvenes y de trabajadores, para rezar y para cantar. Cientos de velas se consumían día a día en torno a esa cruz, y desde allí palpitaba la Polonia que, finalmente, emergería triunfante frente el comunismo. 

Una anécdota: durante mi vista a Polonia en mi viaje a Gdansk, desde Varsovia, olvidé en el taxi mi libreta con las notas de las entrevistas que había realizado a diferentes miembros de Solidaridad. Lamenté el hecho, pero se compensaría con la entrevista a Walesa. Debo decir que el taxista que la encontró, la llevó a la Iglesia de San Estanislao, de allí la entregaron –por estar escrita en español- a la agencia EFE. Como en ella estaba el nombre de mi traductor, que lo era para la Vanguardia de Barcelona, se la entregaron a él, quien, a su vez, me la envió con una estudiante mexicana que le había presentado antes de dejar Polonia. ¡Fue en un milagro! Mi traductor, en una nota, me dijo que eso servía para que viera cómo era Polonia. Yo la bauticé “La libreta que volvió del frío” y aún la conservo. 

*Comunicadores Católicos. www.comunicadorescatolicos.org.mx