La campaña contra la Iglesia ha pegado en una parte fundamental: el sacerdocio, ministerio al servicio del Pueblo de Dios en donde está presente Cristo Cabeza, sumo sacerdote del sacrificio redentor (Catecismo de la Iglesia católica, No. 1548). Los medios de comunicación y simpatizantes del laicismo han arremetido contra una de las estructuras más importantes como ola embravecida golpeando el edificio de la Iglesia; cuestionan la integridad del catolicismo y su autoridad para detentar y proponer los valores que han trazado el camino de la cultura occidental. Ante las evidencias, sería absurdo negar los abusos sexuales cometidos y el progresivo “alud” de casos que suscitaron manifestaciones de apoyo total al Papa Benedicto XVI o declaraciones de periodistas que juran llegar hasta las últimas consecuencias.
Sería ocioso decir que “nunca es tarde” pero los escándalos no podían seguir eludiéndose cuando el caso más célebre, el de Maciel Degollado, atrapó desde finales de la década de los noventa la atención de la opinión pública que, aturdida por los dardos de los medios, llegaría a la conclusión de que todo el clero católico es un nido de pederastas, encubridores y mafiosos, empezando por el “capo mayor”.
El laicismo parecería haber ganado este round alzando los puños en señal de victoria para evidenciar la podredumbre que se enraizó al seno de la catolicidad. Las maquinaciones de la izquierda han echado mano del recurso más efectivo: el golpe bajo. Desde el New York Times hasta los diputados de los Partidos del Trabajo y de la Revolución Democrática en México, han puesto en la arena de la contienda la indecencia sobre los que, supuestamente, está la Iglesia pronosticando su desenlace mortal; desde luego los ciudadanos de a pie, como este bloguero, no conocen cuáles son los hilos que mueven esta campaña, cuáles son los recursos que están en juego y quiénes son sus protagonistas centrales.
Y esto me lleva a ver un fenómeno que azuza el odio a la Iglesia: el de las teorías de la conspiración que son fértiles en el campo de la opinión pública escasamente formada. En otra aportación mencioné que los diputados de izquierda en México, en ocasión del debate sobre el estado laico que reformó el artículo 41 de la Constitución Política, con aspavientos en tribuna del Palacio Legislativo y dicción grandilocuente, afirmaron que la Iglesia estaba detrás de insubordinaciones y desobediencias fomentando complots, sin aportar pruebas definitivas y fundamentos críticos e históricos, engañando a los electores sobre el quehacer del catolicismo.
La opinión del gran público se corroe, poco a poco, por la propagación de otro recurso atractivo del cual, no pocas veces, se ha echado mano: las leyendas negras como mantos misteriosos, esotéricos y perversos que cubren la faz de la “gran ramera”. Es curioso ver cómo las argumentaciones falaces suponen, en el sentir general, lo contundente, certero y verdadero: “En el corazón de alguna pseudociencia se encuentra la idea de que el deseo lo convierte casi todo en realidad”, escribiría el astrónomo Carl Sagan en “El mundo y sus demonios”.
Alimentando la hoguera del odio está la poca inteligencia y el grado soez y vulgar con el que los foristas mexicanos expresan su opinión sobre la Iglesia, los ministros y todos los bautizados. Basta con abrir cualquier artículo de opinión o reportaje en la versión electrónica de los diarios nacionales y para saber qué es lo recurrente: Que los católicos estamos condenados en una organización del diablo, que el arzobispo de México es un ladrón, un prelado megalómano, un hombre que protege pederastas; que el Santo Padre Benedicto XVI es un nazi y ultraconservador obligado a dimitir debido a las denuncias que se alzan en su contra; que los niños y niñas deben cuidarse de las sotanas porque, potencialmente, diáconos, presbíteros y obispos son delincuentes que necesitan, con ansiedad perversa, los favores de efebos y la satisfacción carnal con menores; que la solución a los problemas de la Iglesia está en la supresión del celibato y la ordenación a mujeres…
Y hasta los jesuitas son culpables. Impacta al buen juicio las aseveraciones revueltas y alocadas de un forista en el sitio electrónico del diario El Universal al afirmar que detrás de las milicias de ultraderecha que quieren asesinar al presidente Obama (http://www.eluniversal.com.mx/internacional/67022.html), están los jesuitas y el papa negro, ansiosos de poder e infiltrados en logias masónicas, dueños del sistema esclavista, precursores intelectuales y ejecutantes de las ideologías totalitarias del siglo XX, conspiradores y asesinos de monarcas y presidentes o que ellos, los hijos de san Ignacio, crearon el Islam y a Saddam Hussein para desestabilizar a los Estados Unidos y apropiarse de la riqueza petrolera de oriente medio; que detrás del ecumenismo y de los movimientos carismáticos está la institución satánica llamada Compañía de Jesús valiéndose de sus brazos despiadados como los “Iluminados” y el Opus Dei que quieren acabar con las iglesias evangélicas… Y muchos lo creen, prefiriendo esta maraña de cuentos que asomarse a la historia o al menos preguntarse, con el mínimo de sentido común, de dónde salen tantas sandeces y estupideces.
La crisis de los escándalos sexuales es una oportunidad para revisar el papel que la Iglesia, Pueblo de Dios entre los que están los laicos y los clérigos, tiene por delante. Desafortunadamente la reacción ha sido tibia, escondida, tal vez poco significativa comparada con la embestida del cuarto poder que cuenta con los recursos y la persuasión en la sociedad para arraigar las ideas que enlodan al catolicismo. Poco a poco, mientras la crisis vaya siendo asumida, la catolicidad entera habrá comprendido cuál es el rol que debe asumir frente a la sociedad laicista que quiere callarla. Estos escándalos desacreditan a una de las instituciones que se ha puesto cara a cara contra los errores e ideologías que han envilecido la dignidad de la persona humana, como los de los laicistas al poner falsos valores como paradigmáticos: que lo bueno es atentar contra la vida, que lo bueno es la dictadura de la mayoría que somete a las minorías, que lo bueno es arremeter contra la Iglesia porque es “representante” del oscurantismo y el atraso, que lo bueno es lo relativo, lo efímero y parcial…
No podemos negar los crímenes que se han cometido en nombre de Dios y del ministerio, como decía líneas arriba; sería necio negar que algunos pastores fueron lobos que acabaron con la vida y el futuro de niños y jóvenes, cancelándoles una existencia ajena a cualquier vulneración de su integridad; el Santo Padre lo ha reconocido en ocasión de la Carta que dirigió a la Iglesia en Irlanda, cosa que reafirmó el padre Federico Lombardi en una declaración sobre los abusos sexuales difundida en viernes 9 de abril por la oficina de prensa de la Santa Sede: “Los abusos hieren a nivel personal profundo. Por eso han hecho muy bien los episcopados que valerosamente han reemprendido el establecimiento de modos y lugares para que las víctimas puedan expresarse libremente y ser escuchadas, sin dar por descontado que el problema estuviera ya afrontado y superado gracias a los centros de escucha instituidos hace tiempo, al igual que aquellos episcopados u obispos que con trato paternal prestan atención espiritual, litúrgica y humana a las víctimas”.
Nuestro examen de conciencia ahora corresponde sobre lo que queremos hacer desde nuestro ser cristiano para anunciar el Evangelio, no de forma romántica y melosa, sino audaz y misericordiosa. Esto ha sido una sacudida para salir de un aletargamiento espiritual que nos compele a penetrar en nuestras mismas estructuras eclesiásticas y reconocer qué está corrupto para arrancarlo a manera de la higuera que ocupa la tierra inútilmente. El laicismo y sus defensores seguirán hurgando para que más escándalos afloren y exponerlos como la putrefacción total del Cuerpo de la Iglesia, lo que nos debería animar para seguir en una preparación constante y de formación permanente que haga comprender cuál es el sentido de nuestra identidad cristiana en estos tiempos turbulentos. Mientras haya cristianos capaces de responder a estos dilemas, existirá la Iglesia católica, aunque duela y revuelva las entrañas de los que quieren someterla.
Jean Guitton, en su obra “El catolicismo” afirma una verdad sobre la religión cristiana: Ella no surgió de las bellezas, placeres y dulzuras de la vida, apareció como espada de fuego que la empujó a una persecución mortal… Y así es, la Iglesia católica es despreciada por lo que es y representa porque, de nuevo citando a Jean Guitton, esta forma de cristianismo que se dice católico “es capaz de extenderse por toda la Tierra porque proclama la salvación eterna en Jesucristo… Luego de dos milenios, se dice también idéntica a como fue en sus orígenes. Esta pretensión y esta intransigencia suscitan sorpresa, curiosidad y una devoción que en algunos casos ha llegado hasta el martirio, pero también provocan persecución, crítica y desprecio…”
* Secretario General de CACM / blog.sursumcorda@gmail.com


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