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Desde que comprendí que la palabra griega “católica” significa universal, comprendí que una de las características de la Iglesia debe ser la apertura e invitación a todas las personas. Después encontré en la Sagrada Escritura que Dios invita a su reino a todos: justos, pecadores, prostitutas, ladrones. Tanto me entusiasmé que hasta yo me animé a entrar. Con el paso del tiempo he comprobado que las iglesias tienen las puertas abiertas. En la entrada de los templos no se pregunta por los pecados que uno comete, o si se está casado o divorciado. No se pregunta por el partido que cada persona sigue ni tampoco por las preferencias sexuales. En otras palabras, la iglesia está abierta para todos.
Sin embargo, aunque las puertas estén abiertas, no todos quieren entrar. Algunos no aceptan sus ideales, su moral, sus leyes. Otros las aceptan intelectualmente pero no quieren vivirlas. Por eso, el ingreso a la Iglesia Católica también tiene que ser libre. Sería absurdo que la Iglesia obligara a todos a ser católicos. Ella se limita a mostrar la propuesta de Cristo, pero no puede, ni debe, imponer. No es su papel. Por eso trata de respetar a quienes deciden no creer o a quienes tienen otro credo. Pero también, como cualquier otro grupo, defiende, ante quien la ataca, sus principios y valores.
En los últimos días se ha hablado mucho sobre la Iglesia y los Homosexuales. Como he visto mucha confusión quisiera escribir algunas reflexiones.
Los homosexuales son aceptados en la Iglesia
Durante el mes de enero del año 2009 se llevó a cabo el Encuentro Mundial de las Familias. Ahí pude comprobar que la Iglesia acepta a los homosexuales. Algunos periodistas mintieron al decir que se les había negado el acceso, pero los hechos demostraban lo contrario. 1) La entrada estaba abierta para todos aquellos que llenaran su boleta de inscripción con anticipación. En ella no se preguntaba sobre preferencias sexuales. 2) Entre el grupo de periodistas acreditados al evento se encontraba un conocido líder de homosexuales, a quien se le dio la palabra cuando lo solicitó en una rueda de prensa. 3) Dentro de la exposición del mismo Congreso hubo dos stands atendidos por homosexuales que ofrecían puntos de vista católicos sobre el tema. 4) Muchos homosexuales católicos, hombres y mujeres, participaron del Congreso y también se acercaron a dichos módulos. La iglesia no rechaza a las personas, en todo caso, rechaza su malas acciones.
Los homosexuales trabajan por la Iglesia
Los dos grupos mencionados son un ejemplo de participación, pero no son los únicos. En la mayoría de las parroquias existen heterosexuales y homosexuales que, como en otras áreas de la sociedad, trabajan y ayudan generosamente en diversas tareas: grupos juveniles o teatrales, coros, pastoral en reclusorios, ayuda social, ayuda médica, grupos de oración, etc. Algunos homosexuales reconocen públicamente su situación, mientras otros prefieren guardarla en secreto. A ninguno se le obliga callar su situación ni tampoco a mostrarla públicamente.
Los homosexuales siguen la enseñanza de la Iglesia
Quienes libremente deciden ingresar a la comunidad de la Iglesia, también aceptan y viven lo que para ellos son valores evangélicos. Es la misma situación para los homosexuales. Por eso, ellos y ellas no sienten dichos valores como una imposición. Crecen y caminan junto a la comunidad. Oran por ella y la comunidad ora por ellos. Si no estuvieran de acuerdo podrían dejar la comunidad. Nadie los obliga a permanecer en ella.
Los homosexuales caen y se levantan
Ningún ser humano consigue la santidad de la noche a la mañana. Cada día cae y se levanta, avanza, retrocede y vuelve a avanzar. La misma lucha que vive cualquier ser humano para aprender las virtudes, también la vive un homosexual. Heterosexuales y homosexuales están llamados a vivir el perdón y la misericordia, el amor y la castidad en su máxima expresión. Heterosexuales y homosexuales caminan y caen en todos los pecados, pero confían en la gracia de Dios. Si cada persona sabe los retos que debe enfrentar, también lo sabe el homosexual. Dios habla a cada persona a través de su conciencia. También los homosexuales tienen conciencia. De ninguna manera pueden ser considerados como hijos de Dios de segunda o de tercera.
Los homosexuales llamados a la santidad
Quienes sienten atracción hacia el mismo sexo, padecen la tentación de la carne y la concupiscencia que padecemos todos. Pueden sentir debilidad o confusión con respecto a los valores o dejarse llevar por placeres pasajeros y superficiales. Pero también pueden encontrar la amistad y amor verdaderos que hacen crecer espiritualmente. Pueden esforzarse en vivir cada día mejor. Por otra parte, la actividad de los homosexuales no se reduce a lo sexual. No son pocos los santos que después de haber caído en excesos y abusos de la carne lograron la conversión que los convirtió en santos. Ser homosexual no es impedimento para ser santo. Y, aunque a alguien le parezca demasiado atrevido, yo no dudaría de que muchos de ellos hayan alcanzado la santidad y gocen ahora el reino de los cielos. Así como tampoco puedo meter la mano al fuego por todos los heterosexuales
Homosexualidad y Escándalo
Aunque existen homosexuales que viven del escándalo (al igual que algunos heterosexuales). Sin embargo, la mayoría prefiere vivir su sexualidad en la intimidad. Algunos homosexuales son exhibicionistas o promiscuos, pero un mayor gran grupo prefiere la discreción, la fidelidad y la castidad. Aunque algunos homosexuales hacen proselitismo entre quienes no lo son y abusan de menores, hay muchos más que son respetuosos del prójimo. No se tiene por qué ligar palabras como: homosexual y escándalo. Tampoco: homosexual y asesinato, u homosexual y suicidio. Lamentablemente hay muchos asesinatos por homofobia y, también suicidios de homosexuales por falta de comprensión y ayuda.
Hermanos o enemigos
La Iglesia no puede juzgar a las personas: “No juzguéis y no seréis juzgados”. Esa es una labor que le toca a Dios, porque sólo él conoce lo secreto de cada persona. La misión de la Iglesia es invitar, proponer, convencer, dialogar, y sólo en casos de ataque, defender. Podemos no estar de acuerdo con alguien o no aceptar sus obras, pero debemos esforzarnos en comprender cada situación. Muchos homosexuales viven la discriminación desde la infancia y desde su propio hogar. Son objetos de humillaciones y violencia, de todo tipo de abusos de heterosexuales y homosexuales. Pienso que quienes no encuentran ningún lugar de paz, deberían de encontrarlo en la Iglesia.
Homosexualidad y Matrimonio
La Iglesia tiene su propia concepción sobre el matrimonio. Ésta se basa en la Revelación de Dios, la Sagrada Escritura y la Teología. Por eso, la Iglesia no reconoce el matrimonio civil como sacramento y tiene su propio rito de Matrimonio. La iglesia reconoce que los homosexuales, como cualquier persona, tienen derechos y obligaciones. Derechos que no pueden afectar a terceros y obligaciones que no pueden ser eludidas. Pero, la Iglesia marca una sana diferencia, que no es discriminación. Afirma clara y abiertamente que la relación entre personas del mismo sexo no puede ser considerada como matrimonio. Como este pensamiento ha recibido ataques externos, la Iglesia se ha visto obligada a defender su pensamiento y los principios sustentados en el evangelio. Y lo hace sin el deseo de ofender a nadie.
Los homosexuales y la adopción
Sobre este punto, reconozco que la infancia es de suma importancia y cimiento para la estructura física, social, sicológica y espiritual del ser humano. De ella depende, en gran parte, el futuro de una persona. Tutelar a alguien no es solo darle casa, comida y sustento, sino ofrecerle también el ambiente adecuado para su desarrollo. Sólo me pregunto: ¿En la sociedad actual y real los niños adoptados por homosexuales no tendrían problemas para entender su situación? ¿Cómo responderán cuando otro niño les pregunte: por qué tus papás son dos hombres o dos mujeres? Quizás los padres del menor podrían responder pero ¿el niño tendría todos las herramientas para hacerlo? Otro punto delicado es cierta crueldad de los niños y el lenguaje que utilizan en la escuela al poner apodos o etiquetas. Nadie duda que esas simples palabras ocasionen traumas, vergüenza y baja estima. Existen personas que por sobrepeso o miopía se traumaron porque recibieron apodos como “La gorda” o “Porky” o “El Cuatro ojos”. Por eso me pregunto: ¿Estaría preparado un niño adoptado por homosexuales para los embates de una sociedad infantil o adulta que aún no está preparada? ¿Qué sentiría un niño cuando le dijeran que sus padres son: “marica”, “joto”. “pu…”, “marimacha” (palabras que no apruebo). En lo personal creo que no estarían preparados para ello. Pero prefiero terminar preguntando como lo hacía el famoso periodista Nino Canún: ¿Y usted, qué opina?


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