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El difícil lenguaje de Jesús. 

El famoso discurso catequético de Jesús, acerca de que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida, sigue escandalizando a los oyentes, incluyendo a los discípulos: “Al oír sus palabras –nos confirma el evangelista Juan- muchos discípulos de Jesús dijeron ‘Este modo de hablar es intolerable’”. Nada de sorpresa, entonces, si también hoy las palabras de Jesús siguen siendo ‘misterio de fe’. Jesús se ha presentado como el ‘pan’ vivo bajado del cielo, refiriéndose a su encarnación; que da la vida al mundo, refiriéndose al misterio de su muerte salvadora. Las dos verdades son de difícil aceptación pero muy importantes. 

Las palabras de Jesús son ‘espíritu y vida’. 

Jesús, dándose cuenta –nos dice el evangelista- de que los discípulos ‘murmuraban’, parece aprovechar para rematar con otra misteriosa revelación más: “¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?”. En dos palabras, les explica el sentido de su venida: de Dios ha venido, en efecto, el que nos comunica la vida misma de Dios y que nos llevará hasta el seno de Dios. La revelación de Jesús abarca su origen, su destino divino y el de aquellos que creen en Él. En estas palabras de Jesús entrevemos, por cierto, la anticipación de su próxima resurrección y, en Él, también de nuestra resurrección.  

El Hijo de Dios ha subido, vestido de nuestra humanidad. El primero de nuestra especie humana, en efecto, ha llegado hasta Dios trasformando y renovando, así, nuestra identidad y la de la creación entera. Según las apariencias, sin embargo, todo parece seguir igual como siempre. El problema reside en la dificultad que nuestra ‘carne’ tiene para entender que otro mundo, en Cristo y por Él, se está haciendo presente: “La carne –nos explica Jesús- no sirve de nada”. Nos cuesta creer en la obra divina y en las palabras de Jesús que, como nos lo explica Él mismo, son ‘Espíritu y vida’, o sea, pertenecen a la esfera de las realidades divinas y tienen fuerza para dar vida espiritual.  

Para entender y creer urgimos de un ‘suplemento’ de inteligencia que sólo el Espíritu nos puede donar; además, percibimos que es el Espíritu mismo quien actúa, entre los hombres, y trasforma el pan y el vino eucarísticos en carne y sangre de Jesús resucitado. Lo que se evidencia, en esta página evangélica, es la oposición endémica entre carne y espíritu: la ‘carne’ es el principio natural, que se sitúa en el plano de las realidades de aquí abajo, mientras el ‘Espíritu’ es el principio de arriba, que se sitúa en el nivel de las realidades divinas y trascendentes. Sólo el Espíritu, por cierto, es capaz de vivificar, de producir vida eterna y hacer conocer las cosas de Dios.  No obstante todo, entre los discípulos, hay quienes se obstinan a no creer. Por esta razón, Jesús les recuerda: “Que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.  

La gente abandona a Jesús. 

Poco a poco, como arrollados por la carga de los misterios revelados, la gente y los discípulos empiezan alejarse: “Desde entonces –escribe el evangelista- muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con Él”. Para muchos, en efecto, la aventura del ‘seguimiento’ de Jesús ha sido y seguirá siendo nada más que una ‘aventura’ terminada. Desilusionados, quizá, porque Jesús no parece fomentar ni responder a sus expectativas nacionalistas, o tal vez escandalizados de verdad por un discurso difícil de entender y de aceptar, humanamente, abandonan a Jesús. Desde luego, los que lo rechazan y se van son los que no han superado el nivel de la ‘carne’ y no han logrado entrar en la dimensión trascendente del espíritu. 

¿Ustedes también quieren dejarme? 

Testigo del éxodo de muchos de sus discípulos incrédulos Jesús, repentinamente, quiere probar la fidelidad de los ‘suyos’ y les pregunta: “¿Ustedes también quieren dejarme?”. Afortunadamente, los ‘doce’, por boca de Pedro, eligen quedarse con Jesús. Se han abierto al Espíritu que los ha llevado, de hecho, a la confesión mesiánica plena y a entender el escandaloso lenguaje de Jesús: “Señor –le contestó Pedro- ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. Las palabras de Pedro, que reconocen en Jesús la fuente de la vida y al Santo de Dios, van más allá de la lógica humana de la carne y se colocan en sintonía con el Espíritu. El Espíritu, en efecto, hace siempre posible que el hombre descubra las palabras de Jesús como ‘espíritu y vida’, es decir, como fuerza, consolación y luz. 

Conclusión. 

Nos complace, a este punto, ver, en Pedro y en el conjunto de los ‘doce’, a la ‘comunidad pascual’. Ésta es la que ha reconocido, en Jesús Resucitado, al Señor de la vida y, en cierto modo, representa a cada creyente que, libremente, acepta correr el riesgo de la fe, adhiriéndose, sin reservas, a Jesús, a su palabra salvadora y a la comunidad cristiana. En efecto, es en ella y con ella como cada creyente puede recorrer el camino que lo conduce a Dios y a su salvación. La pregunta de Jesús, en cierta forma, no ha perdido actualidad y Él la vuelve a dirigir a cada uno de sus discípulos; a cada uno de nosotros que decimos creer en Él: “¿Tú también quieres dejarme?”.  En un mundo y en una sociedad donde tiraniza el ‘relativismo’ y donde Dios parece haberse convertido en un estorbo inútil, creemos necesaria la pregunta y, desde luego, oportuna nuestra profesión de fe y declaración de amor: “Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”.