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Después de la grave crisis económica, del año 1929, el Papa Pío XI dedicaba, al mundo entero, su encíclica social QUADRAGESIMO ANNO. Esa severa recesión económica, que había relegado a la humanidad en una espiral incontrolable de pobreza y miseria, pudo encontrar, en las palabras de su Santidad, un punto firme de referencia y un mensaje de esperanza.
Una encíclica esperanzadora.
Hoy, esa misma historia, se repite dramáticamente y la humanidad revive los estragos de una economía desigual, injusta, cínica y sin ética. La avidez y el egoísmo de unos pocos han hundido, en una vorágine siempre más profunda de miseria, hambre, enfermedades endémicas, guerras absurdas y muerte, a la gran mayoría de los pueblos pobres del planeta. Afortunadamente, también para nosotros, hoy, se renueva la voz de aliento de su Santidad Benedicto XVI. En efecto, la nueva encíclica “Caridad en la Verdad”, resuena como una sinfonía de motivos esperanzadores; pero también, se eleva como una voz aguda, crítica y directa, contra todas las contradicciones éticas del mundo contemporáneo. El Papa, en continuidad con Pablo VI, denuncia las incoherencias de un mundo opulento, que hunde siempre más sus raíces egoístas, produciendo injusticias y devastando la tierra de todos.
La necesidad de asociar la caridad y la verdad.
Lo que llama la atención, en esta encíclica, es el retorno al tema de la “caridad” pero, en esta ocasión, asociada a la verdad, criterio irrenunciable para que, aquella, permanezca en la autenticidad. En efecto, sin verdad, confianza, solidaridad y caridad no hay ni conciencia social ni responsabilidad, provocando así que cualquiera actuación social caiga en las manos de intereses privados y de lógicas de poder, de cuyos efectos devastadores todos somos, hoy, espectadores impotentes y dolientes.
La economía urge reglas éticas y la riqueza del mensaje cristiano.
Benedicto XVI, por lo tanto, nos propone una nueva y profunda reflexión sobre el ‘sentido’ de la economía, sus fines y modelos de desarrollo. Contradice a quienes vierten, en la globalización, el origen de todos los males; afirma, en efecto, que la globalización no es mala en sí, pero, sí exige ser gobernada con nuevas reglas éticas y, además, por una verdadera y más poderosa “autoridad política mundial” que controle y vigile sus podridos dinamismos.
El desarrollo es ‘vocación humana’.
Además, el Cristianismo tiene que aportar, sin pena ni miedos, la riqueza de su mensaje, donde sobresale la “caridad en la verdad”, religiosa y racional, de quien, de la verdad, es su ‘esplendor’, o sea, Cristo: antídoto poderoso contra la avaricia de los hombres y el egoísmo de los países. Si el desarrollo, hacia el cual todas las personas y pueblos aspiran, es parte intrínseca de la “vocación” humana, no se entiende el por qué debe ser buscada sin sus dimensiones trascendentes, o sea, sobrenaturales y morales.
La economía pide “hombres rectos”
La grave crisis económica, parece decirnos su Santidad, provocada principalmente por un déficit de ‘ética’ en las estructuras económicas dominantes, sólo podrá superarse con el imperativo moral de la ‘caridad en la verdad’. Una economía sin ética, por cierto, no favorece el desarrollo de nadie, más bien, lo impide. Por lo tanto, lo que el mundo necesita son ‘valores trascendentes’, morales y, más que nada, urge de “hombres rectos”. Es ilusorio pensar de humanizar las estructuras si no partimos de la moralización de los corazones de las personas, sobre todo, de los operadores económicos y hombres políticos, comprometiéndolos, en conciencia, con la justicia y el bien común.
Sin el aprecio de la vida humana tampoco habrá respeto de la naturaleza.
Ya que se salvaguarde al hombre, en su integridad y dignidad; que se respeten sus derechos fundamentales, a la vida, trabajo, tierra, alimento, salud, familia y vivienda, todo lo demás será más fácilmente alcanzable. Inclusive: el respeto de la naturaleza y la salud del planeta. Promoviendo, en efecto, una cultura de mayor aceptación de la vida humana, sin dependencias irracionales de las técnicas, tendremos un más sano y ecológico desarrollo pero, si queda dañada la sensibilidad por la vida humana, en todas sus etapas naturales, las demás formas de su acogida serán aplastadas. Urge, en este histórico momento de creatividad biotecnológica, defender, a como dé lugar, la identidad única del hombre y los dinamismos amorosos que conducen, al hombre y a la mujer, a donar la vida.
Conclusión.
En fin, la “caridad en la verdad” pide reformas urgentes para enfrentar, con valentía y sin demora, los graves problemas de la injusticia, en el manejo de la economía y de la financia, y solicita políticas normativas eficaces para la salvaguarda de la ecología primeramente ‘humana’ y, luego, natural.
Finalmente, no debemos olvidar que el dar de comer a los hambrientos, sigue siendo un imperativo eclesial y humano de gran actualidad. Asumamos –parece indicarnos el Papa- con esperanza, y en la caridad y verdad, el reto de construir un futuro mejor, bajo la luz esplendorosa de Nuestro Señor Jesucristo y la intercesión infalible de María. Sin Él, el verdadero desarrollo seguirá siendo una gran y engañosa utopía.


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