El gran discurso continúa. Por tercer domingo consecutivo la liturgia de la Palabra sigue proponiéndonos un fragmento más del gran discurso catequético de Jesús, acerca del “pan” que da la vida, en clara referencia a sí mismo: “Yo soy –repite Jesús- el pan vivo, que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”. Ya sabemos que el ‘pan’ es el símbolo del ‘alimento’, sin el cual el hombre no puede vivir. Cristo, desde luego, definiéndose ‘pan’, alude a sí mismo como a ese ‘alimento necesario’ para crecer, pero, en otra dimensión: la sobrenatural.
El texto evangélico de hoy, sin embargo, parece más finalizado a resaltar otro concepto: el de la identificación del ‘pan’ con la ‘carne y sangre’ de Jesús, verdadero alimento y verdadera bebida: “Y el pan que yo les voy a dar –declara Jesús- es mi carne”. Un tantito más adelante, Jesús vuelve luego a ratificar lo dicho extendiendo su significado e implicación: “Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre no podrán tener vida en ustedes”. Estas palabras de Jesús asombran y desconciertan a los judíos porque la ‘antropofagia’ no pertenece a sus costumbres. A la declaración de Jesús, que les parece totalmente ilógica e irracional, reaccionan desconcertados y molestos y se preguntan: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. La pregunta, en la intención del evangelista, parece ser más retórica que real. Su objetivo, en efecto, es el de seguir reiterando la actitud de rechazo de los interlocutores judíos.
Verdadera comida y verdadera bebida.
Lo que, de verdad, justificará esta identificación, aparentemente tan material y física, sabemos que será la resurrección de Jesús. La carne y la sangre son, en efecto, de un Cristo resucitado, cuyo don de presencia y cuya eficacia, para dar vida nueva, se plasma en el pan y vino eucarístico, ‘verdadera carne y verdadera sangre’. Por cierto, es desde la resurrección de Cristo, en su novedad de cuerpo y espíritu, que su carne y sangre se transforman en ‘fuente’ de vida para todos los que creen en Él.
La insistencia de Jesús, acerca de su carne como ‘verdadera’ comida y de su sangre como ‘verdadera’ bebida, quizá, es para manifestar con fuerza que, como cualquier alimento y cualquiera bebida, también su carne y sangre tienen el poder de quitar el hambre de Dios y calmar la sed de vida espiritual. Este acentuado ‘realismo’, en efecto, fundamenta la doctrina de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Es, por cierto, la totalidad de Cristo, en carne y sangre eucarísticas, que puede satisfacer las demandas espirituales más profundas de todo ser humano que crea en Él: ‘efectos’ inéditos que no se logran sin la certeza de que ese pan y ese vino sean ‘verdadera’ carne y ‘verdadera’ sangre de Jesús resucitado, o sea, presencia sacramental real y permanente en la ‘invisibilidad’.
La carne y la sangre que dan la vida al ‘mundo’.
La promesa de Jesús es alentadora cuando declara que “El que come mi carne tiene la vida”, pero, también ‘drástica’, cuando la niega a quienes no comen su carne ni beben su sangre por no creer en Él: “Quien no come la carne del Hijo del Hombre y no bebe su sangre, no vive de verdad”. Ya estamos enterados de que, en la vida sacramental, no se dan efectos ‘automáticos’ sino, más bien, dependientes de las disposiciones interiores y de la fe de quien recibe los sacramentos. Por lo tanto, también la promesa de Jesús habrá que ubicarla en este contexto. Sin embargo, sigue siendo llamativo el hecho que Jesús condicione el don, de su vida plena, a la recepción de su carne y sangre. Tal vez, es para señalarnos que el don de Dios, ya sea su palabra o el cuerpo de Jesús, es una semilla muy pequeña y potencialmente enriquecedora. Además, si es cierto que se puede perderla, también lo es que pueda dar frutos en aquellos que perseveran en la fe.
Lo más sobresaliente del misterio eucarístico, proclamado por Jesús, a final de cuenta, es el establecimiento misterioso, pero real, de vida nueva y de comunión profunda entre quienes, comen su carne y beben su sangre, el Padre y Jesús. En última instancia, no son ya vidas ‘diversas’ sino es ‘una sola’, en cuanto proviene de Dios: “Como el Padre, que me ha enviado –reconoce Jesús- posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí”. Cristo existe por la vida, recibida de su Padre, y, quien recibe la Eucaristía, vive por la vida que le dona el Hijo. Por esta razón, la vida de quien recibe la Eucaristía deja las limitaciones humanas y asume los rasgos de la vida divina volviéndose ‘eterna’. Ahora, nos explicamos mejor las palabras de Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene Vida Eterna”. Además, llegará a poseerla porque Jesús lo resucitará el último día: “Y yo lo resucitaré – son palabras de Jesús- el último día”.
Conclusión.
La doctrina, hasta aquí expuesta, parece clara, sin embargo, ese pan y ese vino no dejan de ser, a la vista, ‘signos’ de realidades trascendentes e ‘invisibles’. Nuestra meta será, por tanto, superar la barrera de los ‘signos’ con la mirada de la fe. Entonces, el contacto y la comunicación con la carne y sangre de Jesús, resucitado y glorificado, permitirá al hombre entrar en el mundo nuevo, que se encuentra establecido en Jesús mismo, y dejará, en cada uno de nosotros, ese germen de vida eterna que es objeto, ahora, de nuestra esperanza, y que nos conducirá hacia Dios.
Quien, finalmente, recibe la Eucaristía, es introducido en Jesús: ‘permanece en Él’, en su realidad divina y en su misterio de Hijo de Dios. También es verdad que Jesús, por su parte, entra en el hombre comunicándole la novedad de sí mismo y proyectándolo hacia la ‘vida de Dios’, que no puede que ser ‘eterna’. Es de esta manera, en fin, como el ‘mundo’, o sea, la humanidad, puede recibir ese don de la vida eterna que Jesús nos ha prometido y que ha traído para nosotros: “Para que el mundo tenga vida”.
Este artículo corresponde a la reflexión evangélica del DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO.


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