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El llamado de los ‘doce’.
Jesús, finalmente, aparece decidido a poner mano a su obra misionera de difusión del Reino del Padre y, para eso, busca ‘colaboradores’. En efecto, comenta el evangelista: “Llamó Jesús a los Doce, los envió de dos en dos y les dio poder sobre los espíritus inmundos”. Elegidos, gratuitamente, por Jesús y, después de convivir con Él por cierto tiempo, ahora son enviados en misión. Lo que, de arranque, Jesús mismo quiere darnos a entender es que quien llama para formar parte de sus discípulos es Él mismo; luego, la ‘evangelización’ no es obra de francotiradores solitarios, aislados y asociales. Más bien, es una ‘acción comunitaria’, colectiva y dinámica. Los apóstoles, en efecto, son enviados de dos en dos, para su mutuo consejo y ayuda pero, al mismo tiempo, por su función de ‘testigos’ y constructores de ‘comunión’, valor fundamental del Reino de Dios que, en efecto, es ‘solidaridad, plenitud de vida, libertad, amor y paz’.
Por fin, a quienes llama y envía, otorga dones, gracia y poderes para realizar su misión. El poder de expulsar demonios, que Jesús transmite también a los apóstoles, no significa solamente la confirmación sobrenatural de su predicación sino que es, más bien, un elemento esencial en la institución del Reino de Dios. Igual función, en este contexto del Reino, tiene el poder de sanar a los enfermos y el contenido de la predicación: “Los discípulos se fueron a predicar el arrepentimiento. Expulsaban a los demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban”. No debemos olvidar que las acciones ‘liberadoras’, a favor de los hombres oprimidos por cualquier tipo de mal, son esenciales en toda actividad evangelizadora y necesarias para darle autenticidad.
La etapa de la formación de tres años, en la cual los discípulos habían vivido con el Maestro y aprendido sus enseñanzas, tenía, ahora, que continuar con la acción apostólica hacia todo el mundo. Las 12 tribus, que conformaban el pueblo de Israel, primicia de Dios, se reconocen representadas en los Doce apóstoles del Señor.
Evangelizar desde la pobreza y la confianza en Dios.
Puesto que, en todo proceso evangelizador, lo que cuenta es la palabra de Dios que se anuncia, Jesús sugiere aventarse en esa misma aventura sin tantas cargas, ni preocupaciones materiales. Con lo estrictamente necesario para vivir se pueden superar obstáculos, ganarles a las dificultades y entrarle en los corazones de los oyentes. Por eta razón, parece explicarnos el evangelista, el Señor: “Les mandó que no llevaran nada por el camino: ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto, sino únicamente un bastón, sandalias y una sola túnica”, o sea, lo propio para las marchas duras. No es la primera ocasión en que Jesús nos recuerda que la eficacia de todo evangelizador no descansa en sus instrumentos poderosos o habilidades de inteligencia, sino en el poder de la Palabra, en la presencia del Espíritu Santo y en la fuerza de la confianza en Dios. Se trata, desde luego, de una lección importante del evangelio acerca de la ‘sobriedad, austeridad y humildad’ que todo evangelizador debería ejercer. Es también cierto que la pobreza del evangelizador no está sólo en el no poseer, sino también en el ‘depender’ de lo que los otros les ofrezcan y que, para ellos, todo esto se convertiría en señal de la Providencia divina. Además, sentirnos simples instrumentos, en las manos de Dios, para colaborar con Él en la realización de su obra, no debería ser motivo de frustración sino de orgullo.
Los consejos de Jesús para los evangelizadores.
Jesús, después de habernos invitado a enfrentar la misión, con sobriedad de medios y con extrema confianza en Él, quiere también confortarnos con consejos: “Cuando entren en una casa quédense en ella hasta que se vayan de ese lugar”. Por cierto, el obrero tiene derecho a su sustento. Sin embargo, el problema, con que todo evangelizador puede toparse, es otro, o sea, el del ‘rechazo’. En este caso, las palabras de protesta y enojo de Jesús son muy tajantes y fuertes: “Si en alguna parte no los reciben ni los escuchan, al abandonar ese lugar, sacúdanse el polvo de los pies”.
Puesto que, donde los apóstoles hallan la repulsa y donde el mensaje del Reino de Dios encuentra corazones cerrados, serán tiempo y trabajo perdidos todos los intentos de conversión, entonces, la mejor opción será la de ‘marcharse’, a otro lado, en señal de protesta. Y ese ‘polvo arrojado’, contra aquellos que no aceptan al Señor, constituirá, en el día del juicio futuro, la señal de que han rechazado, culpablemente, la salvación que se les ofrecía. El rechazo del apóstol, además, no deja de ser signo, también, de que la misión de los ‘doce’ está participando del mismo destino del Maestro, rechazado y condenado a muerte de cruz.
Si en nuestro apostolado nos sentimos rechazados, no pensemos mal ni deprimámonos: han hecho lo mismo con Jesús y sus apóstoles. La repulsa, el rechazo y, tal vez, el martirio, en efecto, son elementos constitutivos del presupuesto del Reino y del seguimiento de Jesús.


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