En la época actual se ha acuñado una frase que señala con claridad el valor del saber, el valor del poseer conocimiento, la frase a que nos referimos reza que “quien posee el conocimiento detenta el poder”, ésta aseveración que pareciera ser a simple vista un elogio al saber a la cultura y a la ciencia, en realidad conlleva una enorme carga ideológica, en lo que hoy se denomina, la sociedad del conocimiento, y de esta manera explican el porque en el mundo actual, es que a través del conocimiento científico y sus aplicaciones tecnológicas, en situaciones que hasta hace poco eran inimaginables, y al amparo de complejidades tecnológicas se dan nuevas formas de colonización y dominación a grupos humanos, en lo que se ha llamado la “colonización del inconsciente”, lo que equivaldría en la concepción del filósofo Michael Foulcalt, a la etapa de control de la biopolítica, momento histórico en el que al ser humano se le toma como objeto de consumo, o como sujeto consumidor de tecnologías y como consecuencia, se pierde el respeto a la persona y a la dignidad inherente. 

La colonización y dominación, inmersas en un sentido de utilitarismo se hacen especialmente agresivos en contra de las minorías (étnicas, religiosas, etc.) y de los grupos vulnerables.  En el caso de las mujeres, si bien no las podemos considerar por cuestiones numéricas, una minoría, ya que son la mitad de la especie humana, si lo son cuando se les ubica en posiciones inferiores, por ejemplo en la toma de decisiones y/o cuando se les excluye de los beneficios del desarrollo, al respecto, una de las tareas fundamentales que tenemos, es el de elaborar normas justas, que aseguren la tutela de los derechos de todos, especialmente de los grupos vulnerables y las minorías. Al respecto además quiero señalar que, aunque la biología, como es bien sabido, favorece ligeramente en nacimientos al sexo femenino, en numerosos lugares del mundo hay proporcionalmente más hombres que mujeres; la cifra de las mujeres que “faltan”, la lista de las mujeres desaparecidas (la mayoría de ellas en Asia) se eleva a cien millones en el mundo y esta cifra sigue hablando silenciosamente, de una terrible historia de desigualdad y de abandono, pues son estas condiciones; la desigualdad y el abandono lo que causa esta mayor mortalidad femenina, por cualquiera de los motivos reportados. 

La demanda de participación de la mujer en la toma de decisiones políticas, es de urgente e impostergable resolución, no se puede hablar de leyes justas, cuando las mujeres son tan sólo y en el mejor de los casos, recipendiarias de los “beneficios” de estas leyes, sin que ellas hayan contribuido a su creación, diseño y aprobación, hoy el debate bioético y científico en el país, en torno tanto a la participación de la mujer y a las leyes que a su favor deben elaborarse, especialmente en el campo de la salud, incluye entre otras, a las tecnologías aplicadas a la reproducción asistida, la reproducción asexuada, la disposición de embriones, el control de la fertilidad, la maternidad subrogada, el aborto y muchos más, que hasta ahora se han realizado en foros científicos, académicos, políticos, o de cualquier otra índole, sin la participación activa de las mujeres, u ocupando ellas, tan sólo un bajo porcentaje de los espacios y escaños donde se realizan las discusiones, de aquellos temas, que como he señalado, son precisamente a ellas a las primeras a las que les atañen, y por ende corresponde elaborar. 

Hasta muy recientemente, las discusiones sobre el uso de los conocimientos y las tecnologías para la salud, estaban cargadas con sentimientos de preponderancia masculina, con falsas ideologías  y falaces aseveraciones, tales como la supuesta neutralidad de la ciencia, donde se asigna un valor devaluatorio a la mujer-objeto, o como menor de edad o como sujeto pasivo, por todo lo anterior ella resulta ser tan sólo receptora, beneficiaria de los adelantos y logros de la biotecnología, sin que ella participe activamente en el discernimiento bioético de las tecnologías que en ella quieren desarrollarse y aplicarse, como son entre otros, los temas antes señalados. 

El positivismo y posteriormente el marxismo presentaron la cuestión ciencia-religión, como una dicotomía en la cual había que tomar partido, con una especie de maniqueísmo encubridor de la realidad, por la cual se negaba cualquier punto de convergencia o acuerdo, sujetándose a confrontaciones ideológicas o a poner cortinas de humo intelectual. Como ejemplo muy cercano, señalaré el que, ante los dilemas bioéticos y la consiguiente discusión en México, sobre el uso de la llamada píldora de emergencia o píldora del día siguiente y el aborto, los legisladores y las autoridades sanitarias en nuestro país, han desviado la atención del problema concreto y han puesta en escena una grotesca pantomima, donde ocultan el debate intelectual y así se diluye el análisis del conflicto real, sobre, entre otras cosas, la postura oficial de una política abortista, ellos simulando y denunciando una supuesta lucha ideológica, de la cual culpan a grupos de “mochos, intolerantes, ultraderechistas” que se oponen al avance de la ciencia, que se contraponen a políticas liberales y de avanzada, ocultan que en realidad se trata de una política que atenta contra la vida, y han logrado desviar la atención de todos, especialmente de las mujeres, y en lugar de poner en la mesa de discusión nacional, el hecho incontrovertible de que la mujer debe asumir su responsabilidad y decisiones, acorde a sus valores y creencias, con fundamento al conocimiento científico y al consentimiento informado. La autoridad sanitaria la ha convertido en una simple usufructuaria de los dogmas y mitos de la ciencia y sus tecnologías, y por tanto, de las modernas formas de explotación y dominación.   

Al respecto, quiero señalar que aún y cuando parece ser que algunos aspectos relativos a la aplicación de los conocimientos y las tecnologías parecen ser iguales para las mujeres y los hombres, los derechos y aplicaciones reales se han asentado y definido en relación con la cosmovisión masculina. 

Hoy, no hay todavía ninguna nación en el mundo, en que las mujeres disfruten de una condición política igual a la de los hombres, un acceso igual a las oportunidades sociales y una influencia social similar, por lo que podemos afirmar que, al no contar con condiciones de equidad, se violan los derechos de la mujer.