El Papa suele tomar la ocasión de la celebración de

la Audiencia General de los miércoles o el rezo del Ángelus los domingos para manifestar su cercanía a las poblaciones víctimas de alguna tragedia o desastre. La expresión de solidaridad del Papa, sus sufragios, ruegos y bendiciones son siempre reconfortantes para quienes cruzan por el camino del sufrimiento, porque saber que el Vicario de Cristo en

la Tierra dirige su atención, como el Señor, a quien se encuentra herido, es un alivio al dolor. 

Durante la semana del 26 de abril al 3 de mayo, que ha quedado en la memoria de la historia entre las fechas trágicas, he conocido comentarios temerosos de que la epidemia de Influenza que brotara en la ciudad de México sea una muestra de que el Fin de los Tiempos ha comenzado. 

Las profecías escriturísticas que hablan de una Gran Tribulación que se cierne sobre la humanidad al inicio del fin, son diversas. En el Antiguo Testamento se hallan pasajes proféticos en los libros de Ezequiel y de Daniel; en el Nuevo Testamento en los evangelios, en algunas cartas de San Pablo y en el libro del Apocalipsis. 

Los desastres descritos en los relatos proféticos coinciden en afirmar que la humanidad sufrirá mucho a causa de terremotos, guerras, epidemias y hambre sin que nadie pueda resolver sus causas para poner alto a una tribulación como nunca se habría visto ni se volvería a ver, tal como lo narra san Marcos en el capítulo 13 de su relato del Evangelio, que lo dedica íntegro al discurso escatológico que Jesús pronunciara como una instrucción sobre que lo que habría de suceder después de su muerte y resurrección pero antes de su segunda venida en

la Parusía.
 

San Marcos explica que Jesús les dijo que “cuando oigan hablar de guerras y de rumores de guerras, no se alarmen; porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. Pues se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá terremotos en diversos lugares, habrá hambre: esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento”, que “entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo”, que “el que persevere hasta el fin, ése se salvará”, que “aquellos días habrá una tribulación cual no la hubo desde el principio de la creación, que hizo Dios, hasta el presente, ni la volverá a haber”, que “si el Señor no abreviase aquellos días, no se salvaría nadie”, que “estén sobre aviso”, que “por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas” que les alerta para que “estén atentos y vigilen, porque ignoran cuándo será el momento” y finaliza con la advertencia de que “lo que a ustedes digo, a todos lo digo: ¡Velen!”. 

La historia humana esta plagada de desastres ocasionados por terremotos, guerras, hambre y epidemias, que pueden ser indicativos, en su momento, de que ha iniciado esa gran tribulación, pero que una vez terminados hacen ver que no eran signo de ello. Confiemos en que esto mismo ocurrirá con la epidemia del virus de

la Influenza porcina.
 

Los habitantes de la ciudad de México sabemos que en el Distrito Federal se cometen graves ofensas a Dios con el aborto despenalizado, el secuestro convertido en comercio y el narcotráfico que ha hecho de las calles y escuelas su mercado. Para quien cree, ver de un día para otro a todos cubiertos con tapabocas, las escuelas sin clases, los restaurantes cerrados y las noticias centradas en un virus invasor incontrolable, puede ser presagio de que ha iniciado el fin a manera de castigo divino, pero para el Papa no, para él ni siquiera es grave porque sabe mucho de lo que nosotros no sabemos. 

Apenas el pasado miércoles 29 de abril, luego de una semana de pánico y terror entre los habitantes de esta ciudad,

la Radio Vaticana anunciaba que “Benedicto XVI ha expresado solidaridad al pueblo mexicano, pidiendo que a través de los medios de información se sepa que el Pontífice está al lado de todos los enfermos y reza por las víctimas y sus familiares”, aunque el mensaje nada dijo del virus y aunque el mismo miércoles durante la celebración de

la Audiencia General, el Papa nada dijo tampoco.
 

El mejor remedio contra este “virus” es que reduzcamos el miedo para poder percatarnos de que somos víctimas, no de un virus, sino de un ardid para provocar pavor en nuestra población, como ocurriera con el Ántrax en Estados Unidos.