marsich1.jpg

La curación del paralítico 

Después de haber asistido, en la narración anterior del evangelio de Marcos, a la sencilla sanación de la suegra de Pedro y, sucesivamente, a la espectacular curación del leproso de Cafarnaúm, hoy, nos toca atestiguar el milagro de sanación de un paralítico. En todos los casos, se trata de gente agobiada por la enfermedad y llena de esperanza por recobrar salud y fortalecer la fe.  Sin embargo, en esta ocasión, las cosas no van como de costumbre. 

A todos, en efecto, nos sorprende la intervención de Jesús quien, viendo la fuerte fe de unos hombres que, solidariamente, bajan la camilla con el paralítico, del techo de la casa donde se encuentra, le dice al paralítico: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. Jesús, para los escribas presentes, con esta pretensión, se había pasado de listo y arrogante. En efecto, era de creencia universal que el poder de perdonar los pecados perteneciera exclusivamente a Dios. 

Sin embargo, Jesús quiso dar demostración de su poder sobrenatural, iniciando a revelar su verdadera identidad. Él, el Hijo de Dios, sí tiene poder para sanar de cualquier enfermedad, pero también tiene la autoridad de su Padre para perdonar los pecados humanos. Inmediatamente, asustando a sus enemigos letrados y escribas, viene tachado de ‘blasfemo’: “Eso es una blasfemia - comentan airados- ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?”. En efecto, estaban afirmando una gran verdad, o sea, que sólo Dios puede perdonar los pecados, pero Jesús sí lo era y tenía, en la tierra, el poder de su Padre.  

El problema residía, más bien, en la terquedad de sus enemigos, por no querer reconocer, en aquel que hablaba y actuaba prodigiosamente, al Hijo de Dios. Entonces, Jesús decide dar una prueba irrefutable y sensible del poder que tenía para perdonar los pecados, invitando al paralítico a levantarse: “Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa”. No obstante la evidencia, los escribas conservan su postura de jueces incrédulos, dispuestos a enjuiciar, desde la ley y la tradición. Por cierto que esta ‘especie’ rara de escribas, criticones, legalistas y perennemente insatisfechos, no está nunca en extinción. También hoy, por cierto, frecuentan nuestros templos y envenenan nuestras comunidades.  

El poder total de Jesús 

El doble milagro de hoy evidencia un poder inusual en Jesús quien, además, utiliza para sí mismo, un término nuevo, en el evangelio de Marcos, auto definiéndose ‘Hijo del hombre’: “Pues –dice Jesús- para que sepan que el ‘Hijo del hombre’ tiene poder en la tierra”… Ese ‘Hijo del hombre’, en realidad, revela la comprensión que Jesús iba adquiriendo de sí mismo y, en este caso, la de auto comprenderse como ‘personaje escatológico’, o sea, como aquel que inaugura la última etapa de la historia de salvación, investido de autoridad divina. Por cierto, la reacción de asombro del público ratifica la percepción de Jesús: “¡Nunca habíamos visto cosa igual!”. 

Es siempre la gente humilde, desde luego, la que tiene esa ‘libertad  espiritual’ para admirar y discernir las cosas de Dios. En consecuencia, expresando su gran sencillez, no deja nunca de glorificar a Dios: “El hombre –nos relata Marcos- inmediatamente recogió la camilla y salió de allí a la vista de todos, que se quedaron atónitos y daban gloria a Dios”.  

La dimensión comunitaria de la fe y de la caridad cristiana 

El preámbulo narrativo, que posibilita la intervención milagrosa de Jesús, nos muestra la preocupación de todo un grupo familiar para llegar, a donde Jesús, no obstante la multitud de gente que lo impedía. En esta ocasión, más que la fe del enfermo, es la de la comunidad de los portadores, que Jesús quiere recompensar. Y la recompensa con una acción inédita. De hecho, va más allá de la enfermedad física y enfrenta la raíz de todos los males, o sea, el pecado mismo, perdonando al paralítico. 

Lo importante, en esta circunstancia, radica en esto: primero, no es la fe del enfermo la que va a conseguir el milagro, sino la de quienes llegan cargando al paralítico, no deteniéndose ante ningún obstáculo, con tal de acercarse al Maestro; segundo: la acción terapéutica de Jesús se revela, por primera vez, ‘integral’, abarcando el cuerpo y el alma.   

Conclusión 

No deja de ser llamativa, a este punto del relato, la invitación que Jesús le hace al paralítico, perdonado y curado, para que vuelva a su casa, al lugar de su vida cotidiana. En efecto, el milagro del perdón, que también nosotros recibimos, a través del sacramento de la reconciliación, como fruto de arrepentimiento y conversión, no debe detenernos en la conducción normal de nuestra vida. Más bien, debería constituir un empuje para que no volvamos a equivocarnos y un aliciente para asumir, con esperanza y optimismo, el reto de seguir fielmente las huellas del Señor. 

A nosotros, los paralíticos de espíritu de hoy, Jesús no se cansa de gritarnos, cada vez que se lo pidamos con fe: “¡Levántate y camina!”. Nosotros le contestaremos, personalmente, con sencillez y determinación: “Sí, Señor, en tu nombre me levantaré”.  

Tampoco, podemos desentendernos de la bellísima lección que los portadores del paralítico nos han impartido, para que hagamos lo mismo. Son el ‘símbolo’ de toda comunidad cristiana llamada, por el Señor, a tenerle fe, sin miedo alguno. Verdadera es la comunidad y auténtica su fe cuando actúa, solidariamente, en ayuda de los más pobres y necesitados de entre ellos; cuando cargan, entre todos, la ‘camilla’ de las miserias y pobrezas de los demás. 

Padre Umberto Marsich  

Misionero Javeriano.