Ha terminado el Año litúrgico con la festividad de “Cristo Rey del Universo”. El nuevo año de la liturgia comienza con el primer domingo de Adviento, con el que inicia este tiempo que se caracteriza por ser un Tiempo de Espera y que tiene duración de unas cuatro semanas con énfasis en los cuatro domingos previos a la Navidad.
La vivencia y celebración del Adviento permite prepararse para el gran acontecimiento de la llegada de Dios al mundo, quien, niño, muestra a los hombres su humanidad adquirida. En efecto, Dios se hace hombre engendrado en el seno inmaculado y virginal de María que le da la existencia terrena. Así, “El que es” se hace existente, “el Eterno” se hace temporal, “el Inmortal” se hace mortal por nosotros, el “Innombrable” se hace llamar Jesús, “el Altísimo” se hace vecino de Belén, y el “Creador” se pone en manos de la creatura cuando es envuelto en pañales.
El pueblo de Israel llevaba siglos en espera del Mesías que habría de liberarle. Como pueblo teo-céntrico, todos sus actos culturales y cultuales giraban alrededor de la llegada del esperado tiempo mesiánico. Los israelitas vivían así en una constante espera de la intervención del Altísimo, que se haría presente en su historia en la figura del Redentor, el esperado Salvador que nacería de una Virgen y que sería descendiente de la dinastía del rey David. El Adviento nos muestra la espera de Dios en tres personajes:
-Juan Bautista, el Bautizador, el Anunciador, el Preparador, el que había esperado silencioso en casa de su madre Isabel y de su padre Zacarías el momento de iniciar la última gran predicación del último profeta. Bautiza en el nuevo tiempo glorioso que perdona los pecados luego de la purificación en las aguas del río Jordán, anuncia que ha llegado el tiempo del arrepentimiento y de la conversión, prepara el camino del Señor, y termina con su espera, para lanzarse a la clausura de los tiempos proféticos en los inicios de los tiempos de la plenitud o de la plenitud de los tiempos, el tiempo del Mesías, los tiempos mesiánicos.
-La Virgen María, quien a lo largo de nueve meses sintió en su ser los latidos de dos corazones en espera el nacimiento de su hijo, el Hijo de Dios. Ya desde que María había pronunciado su “hágase” al arcángel Gabriel en la Anunciación, los nueve meses que siguieron se tradujeron en un continuado tiempo de espera en su maternal Adviento.
-San José, quien luego de despertar del sueño en que Dios le dio a conocer que no temiera recibir a María, le abre los brazos, a ella y a su hijo, y se suma a ese tiempo de espera en la casa de Nazarét, luego emprende el viaje a Belén de Judá, después encuentra un sitio en una gruta y allí, entre algunos animales guarecidos del frío de la noche, espera el momento del alumbramiento. José recibió al niño con sus manos, lo arrulló con sus brazos y lo cubrió con su fuerza, la fuerza del hombre justo, la fuerza del esposo de la Madre de Dios. A dos mil años de aquel advenimiento maravilloso que se concretó en la noche santa de Navidad, en este Adviento de 2008, los que en Cristo creemos y confiamos somos nuevos personajes del Tiempo de la espera. A Israel se suma México, a José los esposos y padres de familia, y a María las mamás que permiten a su hijo nacer aunque todo parezca decirles que no pero Dios les grita, desde su interior, que sí.
Todavía podemos aprovechar este tiempo providencial para poner la mirada en el que vino en Belén y sigue viniendo todos los días a morar en nuestra propia vida para que cada hombre y mujer seamos una historia personal del Dios que se hace responsable de nosotros, y que vendrá, como lo prometió, a reinar en este mundo para establecer el Reino de paz.
Dios quiso que su pueblo elegido viviera en su espera. El mismo Dios ha querido que su nuevo Pueblo, conformado por todas las naciones, viva en la espera de su inminente regreso en la Parusía, de cuya fecha y hora nadie sabe cuándo será, aunque estamos ciertos de que en algún momento sucederá.
El Adviento ofrece, pues, la oportunidad de celebrar la llegada del Señor bajo sus tres diversas formas: su nacimiento en Belén, su presencia en el tiempo litúrgico del Adviento y la Navidad, y su regreso escatológico en la Parusía.
Los tres advenimientos del Señor nos llenan de esperanza; por eso Dios siempre se hace esperar.


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