La importancia de la Iglesia ‘madre’.
Después de la celebración festiva de todos los muertos, pensábamos de regresar al domingo del tiempo ordinario, sin embargo, no es así. La Iglesia, en efecto, nos pide una celebración ‘sorpresiva’ de la ‘Dedicación de la Basílica de S. Juan de Letrán’, la catedral de la ciudad de Roma e iglesia ‘madre’ de todas las demás iglesias de Roma y del mundo. ¿Por qué ha sido puesta en el calendario litúrgico de la Iglesia católica? En primer lugar, por los vínculos profundos de historia que nos unen a la primera Iglesia por importancia, la de Roma y, en segundo lugar, por toda la ‘carga simbólica’ que el ‘templo’ irradia en la vida de todos los creyentes. Históricamente, porque fue Roma la ciudad en la que Pedro se estableció como primer obispo y, en esa misma ciudad, fecundó la fe de todos, con el derramamiento de su sangre; simbólicamente, porque podemos consolidar nuestro amor y nuestra unión hacia la ‘cátedra’ de Pedro, llamada a presidir, en la caridad, a todas las demás. Celebrando la festividad de su ‘dedicación’, recordamos la dedicación a Dios de todas las iglesias del mundo católico. Es importante, de verdad, que recuperemos los significados que tienen, para nosotros, los ‘espacios’ de concreto, que hemos edificado pensando en Dios y por amor a Él.
Nuestros templos, por cierto, no son ‘cualquier cosa’ sino, más bien, son la expresión de nuestra fe y son el lugar que nos ayuda a relacionarnos con la divinidad y a ritmar el tiempo de la vida según Dios. Además, nos remiten a ese otro templo místico que formamos todos los creyentes. En efecto, somos Iglesia viva y peregrina; somos templo del Espíritu Santo y cuerpo real de Jesús, a lo largo de toda nuestra vida.
La simbología del ‘templo’.
Jesús mismo, en su vida terrena, nos ha enseñado varias cosas acerca del templo. En efecto, arrojando del templo a los vendedores y a los cambistas, que lo habían convertido en un mercado, nos dejó claro que no debe ser convertido en espacio de negocios y lugar de lucro: “Jesús –nos relata el evangelista Juan- llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo… a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas”. Es impactante la acción violenta y de fuerza con la que Jesús actúa en esta ocasión; pero, igualmente violenta e inadmisible eran la situación mercantilista, que los judíos habían creado, y la falta de respeto al templo, morada de Dios y símbolo de la fe del pueblo.
La acción impredecible de Jesús cuestiona, también hoy, todos aquellos que aprovechan de los templos, basílicas y santuarios marianos incluso, para ejercer sus negocios, y condena a los ‘sacerdotes’ y encargados de los templos, que convierten la religión y sus ritos en fuente de enriquecimiento. Jesús, ayer y hoy, defiende la dignidad de la casa de Dios y su destino de lugar de oración y de celebración de la fe del pueblo. Con su celo devorador, enseña también que el templo de Dios es, primordialmente, ese ‘corazón’ del hombre, que ha acogido su palabra y su propuesta de vida. En efecto, templo nuevo de Dios es el creyente; iglesia doméstica, es decir, pequeño templo de Dios, lo es también la familia cristiana.
El templo es el cuerpo de Jesús.
A la pregunta de los judíos, molestos y enojados por la acción autoritaria de Jesús, “qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así”, Él responde con lenguaje críptico, pero muy significativo, “destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Esta vez, la referencia es a su muerte y resurrección de entre los muertos, o sea, a la destrucción y resurrección de su cuerpo. Un anuncio profético extraordinario que sigue demandando ‘fe’ y que proyecta, hacia delante, nuestro mismo destino. También el templo de nuestro cuerpo es llamado a la muerte y a la resurrección. También nuestra Iglesia, cuerpo del Señor y comunidad suya, es llamada a su transformación final. La transposición de significado, del templo de piedra al espiritual, es sumamente importante y confortante. En efecto, nos permite apreciar sea la realidad de nuestros templos que la identidad misteriosa de nuestro ser cristiano, personal y comunitario. De verdad, somos ‘templo vivo del Espíritu’ y ‘cuerpo del Señor’ que, en el tiempo, prepara su eterna y feliz transformación.
El cuerpo resucitado de Jesús: adelanto de una esperanza.
“Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”: Jesús, nos señala el evangelista Juan, “hablaba del templo de su cuerpo”. Sólo después de su resurrección los apóstoles entendieron qué quería decirles el Maestro. El entendimiento de estos misterios, también hoy, no es ni fácil ni inmediato y pide fe en la Escritura y en las palabras de Jesús. El haber creído en ellos llenó el corazón de los apóstoles de esperanza; el creer nosotros, en ellos, nos proyectará hacia el futuro con más optimismo y serenidad.
Conclusión.
Iluminados por esta reflexión, con motivo de la solemnidad de la dedicación de la Basílica romana de S. Juan de Letrán, percibimos la ‘función’ privilegiada que la Iglesia de Dios, que se reúne alrededor de su obispo el Papa Benedicto XVI, ejerce sobre todas las demás iglesias del mundo, o sea, la de ‘presidir’, en el amor y en la verdad, a las demás comunidades cristianas, esparcidas por el mundo, y le queremos expresar nuestro agradecimiento. Al mismo tiempo, creemos que también nuestras pequeñas Iglesias, en comunión con la de Roma, están llamadas a ser signo de unidad y de comunión, con fidelidad y alegría. La Basílica romana, símbolo de la unidad de todas las comunidades cristianas con Roma y ‘madre de todas las iglesias’, nos recordará siempre que estamos unidos por una misma fe y encaminados hacia la misma meta.
Padre Marsich m.x.umbertomarsich@hotmail.com


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