ü La autopsia de los cadáveres es moralmente admisible cuando hay razones de orden legal o de investigación científica.ü El suicidio…Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados.ü Trastornos psíquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida.
Por la cercanía de la conmemoración de los Fieles Difuntos, que la Iglesia ha establecido en el día 2 de noviembre, en conveniente acercarse a conocer qué es lo que la Iglesia enseña sobre algunos aspectos que, con frecuencia, interesan a los creyentes.
En lo que se refiere al respeto de los muertos y al tratamiento de los cuerpos de los difuntos, en el Catecismo de la Iglesia Católica se explica lo siguiente: “A los moribundos se han de prestar todas las atenciones necesarias para ayudarles a vivir sus últimos momentos en la dignidad y la paz. Deben ser ayudados por la oración de sus parientes, los cuales cuidarán que los enfermos reciban a tiempo los sacramentos que preparan para el encuentro con el Dios vivo.
Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y en la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal, que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo.
La autopsia de los cadáveres es moralmente admisible cuando hay razones de orden legal o de investigación científica. El don gratuito de órganos después de la muerte es legítimo y puede ser meritorio”.
La Iglesia permite la incineración de los cuerpos de los muertos “cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo”.
Con respecto al suicidio, el Catecismo indica que: “Cada cual es responsable de su vida, que Dios le ha dado. Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas. Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella.
El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar su vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí mismo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados. El suicidio es el contrario al amor del Dios vivo.
Si se comete con intención de servir de ejemplo, especialmente a los jóvenes, el suicidio adquiere además la gravedad del escándalo. La cooperación voluntaria al suicidio es contraria a la ley moral.
Trastornos psíquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida.
No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que Él sólo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida.
Acerca de la “reencarnación” la Iglesia enseña, en el Catecismo, que “La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin el único curso de nuestra vida terrena, ya no volveremos a otras vidas terrenas. Esta establecido que los hombres mueran una sola vez. No hay reencarnación después de la muerte”.
Jesucristo explica en el Evangelio que “no es otra cosa la muerte, sino el paso de esta vida al Padre” y la Iglesia anima a todos los creyentes a prepararse para la hora de la muerte, a pedir a la Madre de Dios su intercesión por nosotros, y a confiarse a San José, quien es Patrono de la buena muerte.
Finalmente, es bueno tener presente que “Dios quiere que todos los hombres se salven y que lleguen al conocimiento de la verdad”, como explica San Juan en el Evangelio, pero que, para que nos salve de la muerte eterna, requiere de nuestra colaboración en la vivencia de una vida buena.


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