Lo de que ‘todos’ somos misioneros es una gran verdad, sin embargo, muy pocos viven como tales. Además, se piensa siempre que, para serlo, hay que navegar, o volar, hacia la ‘otra orilla’ del mar. Y, esto, lo complica todo. En efecto, parece ser una exclusiva de los que se hacen ‘misioneros ad gentes’ y van hacia aquellos que no conocen a Cristo y no han sido bautizados. La realidad, hoy, es que los que no conocen a Cristo los tenemos también cerca de nosotros. ¿Qué hacemos por ellos? 

La Iglesia es esencialmente misionera. 

Lo que nos involucra a todos, en esta misión, es nuestra pertenencia a la Iglesia de Jesús. Él la quiso ‘misionera’, o sea, lanzada ‘mar adentro’ para incluir, en el proyecto de salvación, a ‘todas las gentes’ del mundo. El texto evangélico de Mateo, que hoy meditamos, contiene unas instrucciones del Resucitado a sus discípulos y el así llamado ‘mandato misional’: “Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas… y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandato”. Estas instrucciones del Maestro son precedidas por un gesto de sumisión y fe de los apóstoles y, como suele suceder también en nuestros días, por una actitud ‘incrédula’ de aquellos discípulos que nunca creyeron en la Resurrección de Jesús: “Al ver a Jesús –relata el evangelista- los once se postraron, aunque algunos titubeaban”. La exhortación a ‘bautizar’ no es administrativa nada más, sino que hace referencia a la nueva vinculación que se establece, de hecho, entre el bautizado y cada una de las tres personas de la Santísima Trinidad, cambiándole la ‘identidad’. La misión de ‘enseñar’, a su vez, se extiende al mandamiento de ‘predicar’ el Evangelio y ‘testimoniar’ la nueva realidad del Reino de Cristo a través de la vida misma: ‘predicación’ y ‘testimonio’ serán siempre los ingredientes de la ‘misión’. 

La fe en la Resurrección de Jesús impulsa a los apóstoles hacia la misión ‘ad gentes’. 

Bajo el soplo potente del Espíritu y fortalecidos por la fe en la Resurrección de Jesús, los apóstoles se sienten impulsados a salir de la estrechez del ‘cenáculo’ y a comenzar su ‘misión’,  poniéndose en camino para extender el reinado de Dios y hacer discípulas a todas las naciones. La orden recibida es un ‘imperativo’ para poner mano a la obra. La ‘evangelización’, en efecto, es parte constitutiva de toda la Iglesia y de quienes hemos sido bautizados en ella y, su destino, en el proyecto mismo de Jesús, es ‘universal’. Los deberes que Cristo transmite a los apóstoles definen, por cierto, la ‘naturaleza misionera’ de la Iglesia. Todas nuestras Iglesias particulares, parroquias y movimientos eclesiales deberían escuchar con entusiasmo este mandamiento del envío y ponerlo en práctica. Esta misión cristiana tiende sí a dar a conocer Jesús a la totalidad de los hombres, pero no un Jesús puramente espiritual, sino a un Jesús ‘histórico’, tal como aparece en el evangelio de Mateo: llamando a todos los hombres a ‘seguirle’ en su interpretación de la ley de Dios, por cierto, diferente de la interpretación de los judíos, escribas y fariseos de ‘todos los tiempos’. 

 

 

La continuidad misionera del Jesús terrestre y del Jesús resucitado, en Galilea. 

El ‘envío’, en el texto evangélico de hoy, acontece en un imprecisado ‘monte’ de Galilea, donde el mismo Jesús había citado a los discípulos: el nuevo pueblo de Dios, en efecto, nacido de la Pascua de Cristo, ya no tiene su centro en Jerusalén, sino en la Galilea de los paganos. Además, el ‘monte’, en la Biblia, es el lugar más adecuado para las manifestaciones divinas y los mensajes más trascendentes: “En aquel tiempo, los discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado”. El Resucitado vuelve a encontrarse con sus discípulos en Galilea, el lugar primero y principal de su actividad terrestre subrayando, así, la continuidad entre el Cristo terrestre  y el Cristo resucitado.  

La promesa de Jesús a sus misioneros es la de permanecer cercano a ellos, siempre. 

Luego, fuerte de la autoridad misma de Dios en el ‘cielo’, o sea,  sobre los poderes celestes, y en la ‘tierra’, es decir, sobre todos los hombres, Jesús envía a sus apóstoles por todos los rincones de la tierra y los alienta, con la promesa de estar siempre con ellos, todos los días, hasta el fin del mundo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.  

Aparece, aquí, la promesa de una ayuda constante y soberana, otorgada a los mensajeros de Cristo en el mundo, que complementa perfectamente ese servicio amoroso de salvación, que Él ha ofrecido ya, a lo largo de toda su vida. La resurrección ha estrechado los vínculos de comunión de Jesús con los hombres y le ha dado la posibilidad de una presencia ‘cercana’, que no admite ya barreras, y que está unida a la misión de los discípulos de anunciar el Reino, en todos los rincones de la tierra.  

El Resucitado, ahora lleno de poder, les confía a los ‘Once’ una misión que ya no está restringida al Israel étnico, como la primera vez, sino que se extiende, ahora sí, a todos los hombres, en el espacio y en el tiempo. En efecto, si el hecho de la misión hace a la Iglesia ‘apostólica’, es decir, enviada al mundo, sus destinatarios la hacen ‘católica’, o sea, universal. Una característica, esta última, que se hace visible cuando la comunidad cristiana no se presenta cerrada en sí misma, sino abierta a todos y totalmente presente en el mundo a través de su servicio.  

Finalmente, es importante entender que la misión nunca termina; es siempre actual y nos impone la valentía y la audacia de mirar siempre delante, ciertos que quien se comprometa nunca será defraudado. Hasta el ‘fin del mundo’.   

Padre Humberto Marsich m.x.umbertomarsich@hotmail.com