El rostro del secretario de Hacienda, Agustín Carstens Carstens, no pudo ser más elocuente durante la conferencia que el presidente Felipe Calderón ofreció para anunciar el plan anticrisis. El gesto y rictus del funcionario anunciaba la tormenta que se cernía sobre México a pesar de las promesas de las autoridades hacendarias de la República al afirmar que las finanzas y el peso estaban fortalecidos si una eventual crisis estallaba en Estados Unidos; ahora, desde la semana pasada, a pesar de haberse dado una inyección financiera a los bancos norteamericanos, se generó el pánico y el Banco de México tuvo que subastar miles de millones de dólares, algunas fuentes afirman que casi el 10% de las reservas nacionales, para evitar la caída en picada de la moneda mexicana que se ha depreciado en un 15% en relación al dólar.
De igual forma, la presidencia de México dio a conocer el plan económico con el fin de aminorar los efectos de esta crisis y la secretaría de Hacienda tuvo que retirar el proyecto original de presupuesto que sería analizado por la Cámara de Diputados para hacer las adecuaciones necesarias ante la caída del precio del barril de petróleo por debajo de los 80 dólares. Ya se ha anunciado que el crecimiento de México para el 2009 sería de 0 % agravándose el desempleo y la inflación.
La arquidiócesis de México ha lanzado un llamado a las autoridades para que se aprieten el cinturón y reduzcan el gasto corriente en sus ramos respectivos. Y es que nuestros funcionarios, en los tres poderes de gobierno, gozan de unos sueldazos que podrían ser la envidia de servidores públicos de otros países desarrollados.
Para prueba, basta un botón: en el 2009, habrá elecciones federales que renovarán la totalidad de la Cámara de Diputados a la LXI Legislatura. Tan sólo el Instituto Federal Electoral proyecta gastar un total de 12 mil 880 millones de pesos para distribuirlos entre los partidos políticos y gasto corriente de los servidores del mismo Instituto. Y eso que hubo una reforma electoral en el 2008 cuyo punto fundamental fue la reducción de costos electorales; sin embargo, los gastos de operación del IFE serán de 9 mil 150 millones de pesos, cifra superior a los procesos electorales federales del 2003 y 2006 que fueron de 7 mil 650 millones y 8 mil 153 millones de pesos, respectivamente.
Ante este panorama, los ciudadanos mexicanos emitiremos un voto que vale oro, carísimo, por una democracia que está fracturada, achaparrada y amenazada por el crimen organizado. No serán tiempos fáciles, la bonanza económica sólo está en la imaginación de los ciudadanos que buscan, por cualquier medio, hacer valer sus pesos devaluados ante las alzas constantes en alimentos y combustibles.
Y como bien afirma la arquidiócesis primada: O crecemos o nos hundimos. El problema es que no hemos salido del hoyo desde aquel error de diciembre, en 1994; sólo han pasado 14 años desde que el crack de ese año provocó la caída de los bancos y del peso, con la consecuente intervención gubernamental para salvar a las instituciones financieras cuando ahora, en el 2008, nos asomamos a otra crisis que, dicen los economistas, tiene efectos de recesión global prolongada. Y ¿a quién le echarán la culpa? ¿A las empresas? ¿Al sistema globalizado? ¿O a un sistema económico que creció artificialmente haciendo que el peso fuera sobrevaluado? En 1994, cuando el error de diciembre, el padre Eduardo Chávez, rector de la Universidad Lumen Gentium, experto en historia eclesiástica y uno de los principales relatores de la canonización de Juan Diego, nos expresó que el golpe de económico de ese año sería muy duro y esa generación tardaría mucho en recuperarse. Esos efectos aún los vivimos, producto del neoliberalismo padecemos la violencia y la pobreza y México, como país emergente, aún se debate en la transición democrática y la consolidación de un sistema político después de la era del PRI.
¿Qué queda en esta crisis? La misma Iglesia arquidiocesana ofrece como solución echar mano de la unidad, solidaridad y compromiso los cuales, afirma, vienen primeramente de la clase política para que evite los gastos superfluos y frívolos; sin embargo, hay algo más profundo. En realidad, ¿quién maneja los hilos de nuestra economía? Ese poder oculto es el que debe tener en cuenta el bien común del pueblo mexicano. ¿Quién fue capaz de comprar los miles de millones de dólares subastados por el Banco de México? Ellos, los que tiene ese poder económico ilimitado y que se benefician de la crisis actual, son los principales actores y responsables de la prosperidad de este país, al fin y al cabo, son los dueños del capital, los que no aparecen en los diarios y noticias, los que hacen que se muevan los engranes para que este país siga funcionando.


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