El Papa Albino Luciani le había ordenado al cardenal Secretario de Estado, Jean Villot, que se iniciara de inmediato una indagatoria de las operaciones económicas de la Santa Sede en todos los dicasterios. La investigación debía hacerse rápidamente y con especial atención en el Instituto para las Obras de Religión, IOR por sus siglas, conocido extra-ecclesia, como “Banco del Vaticano”.
El Papa se había enterado, por una lista recibida, de que una logia masónica había logrado infiltrarse en el Vaticano, y que se encontraba rodeado de masones, a pesar de que la afiliación a la masonería implica la excomunión latae sentenciae. Tres años después de la muerte de Su Santidad, durante el escándalo financiero y político de 1981, que derribó al gobierno italiano, la policía encontró otra lista con nombres de 962 masones infiltrados en política y negocios. De ambas listas se extraen, sin dificultad, a los sospechosos de conspirar contra la vida del Papa: Jean Villot, cardenal Secretario de Estado de la Santa Sede y Camarlengo de la Iglesia; Paul Casimir Marcinkus (alias el Gorila), obispo y Director del IOR o Banco del Vaticano; John Cody, cardenal arzobispo de Chicago, quien hacía transacciones con fondos norteamericanos; Michele Sindona (alias el Tiburón), banquero; Licio Gelli, espía, líder de la logia y caballero de las órdenes de Malta y del Santo Sepulcro; Umberto Ortolani, abogado, activo en contraespionaje y alto funcionario de la logia; Roberto Calvi (alias Il Cavaliere), Director del Banco Ambrosiano.
La investigación ordenada por Juan Pablo I avanzó rápidamente causando impacto entre los involucrados en los actos de corrupción financiera, todos masones, quedando acorralados por las evidencias. Paul Marcinkus supo por el cardenal Villot que sería depuesto y supuso que su sucesor, monseñor Giovanni Angelo Abbo, entonces Secretario de la Prefectura de Asuntos Económicos de la Santa Sede, descubriría pronto la sucia relación que había entre el Banco del Vaticano y el Banco Ambrosiano, por lo que el Banco de Italia seria informado de inmediato y Roberto Calvi sería encarcelado, luego de amplios interrogatorios. Calvi había robado mas de 400 millones de dólares. Si el Papa muriese antes de destituir a Marcinkus, Calvi podría ganar tiempo, cuando mucho un mes, para tapar agujeros financieros, mientras se celebraran los funerales y el nuevo Cónclave de elección.
El Papa supo además que Jean Villot, de nombre masónico Jeanni y de numero 041/3, se había enrolado en otra logia desde 1966, y que también eran masones Agostino Casaroli, Sustituto para las Relaciones con los Estados; el cardenal Ugo Poletti, Vicario para la diócesis de Roma; Donato de Bonis, Secretario del IOR; y el cardenal Sebastiano Baggio, Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos.
Para el Santo Padre era inconcebible que un sacerdote perteneciese a la masonería y le trató el asunto al cardenal Felici, en quien más confiaba dentro del Vaticano y que no figuraba en la relación de supuestos masones. Le informó que de la lista se sabía desde 1976 y que posiblemente procedía del obispo rebelde Marcel Lefebre.
El Papa Luciani había decidido implementar varios cambios en la curia romana para desplazar a los presuntos masones. En lo referente a la Secretaría de Estado, conocía que el Papa San Pío X había destituido al cardenal Rampolla Del Tindaro, Secretario de Estado en el pontificado de León XIII, porque existía la sospecha de que fuese masón. Parece ser que de esto platicó con el cardenal Villot a quien también le dio a conocer su intención de la inmediata destitución de Paul Marcinkus.
Al día siguiente el Papa estaba muerto. Los sospechosos sabían que, o no se haría la autopsia o no se daría a conocer su resultado, y que las acciones e instrucciones del cardenal Villot resultarían confusas e inexplicables, o porque había tomado parte en la conspiración o porque destruiría las evidencias del atentado, halladas en las habitaciones apostólicas, a fin de cuidar el Rostro de la iglesia.
Es posible que un puñado de masonetes, sabiéndose desenmascarados, hallan matado al Papa para evitar ser descubiertos. Aunque también es probable que el Papa haya muerto porque su corazón no soportó el descubrimiento de esa infiltración tan adentro de la sede de la Iglesia.
El pasado domingo 28 de septiembre, al cumplirse 30 años de la muerte del Papa Mártir de la Verdad, durante el rezo del Ángelus en Castelgandolfo, Benedicto XVI dijo que “la humildad puede considerarse el testamento espiritual de Juan Pablo I. Sólo una palabra que sintetiza lo esencial de la vida cristiana e indica la virtud indispensable para los que en la Iglesia están llamados al servicio de la autoridad”.


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