
La de hoy es una lección más de vida, para la comunidad cristiana, acerca del ‘perdón’ y la ‘conciliación’ y nos llega ocho días después de haber aprendido la experiencia cristiana de la ‘corrección fraterna’. En efecto, la pregunta astuta del curioso Pedro: “Si mi hermano me ofende, ¿Cuántas veces tengo que perdonarlo?” es finalizada hacia una respuesta de Jesús, centrada sobre un perdón fraterno, sin medida de ningún tipo: “setenta veces siete”, o sea, ‘siempre’. Se trata de un número simbólico que indica abundancia y generosidad. Exactamente como la de Dios, cuyo amor es infinitamente compasivo y misericordioso. El amo de la parábola, que perdona en ‘lo mucho’ a su siervo deudor, parece reproducir muy bien al Dios que perdona totalmente los pecados de los hombres; mientras el siervo perdonado, y que arremete despiadadamente contra quien le debía ‘poco’, sin perdonarle la deuda, reproduce al ‘hombre’ y a su dificultad psicológica para amar hasta el perdón. Más bien, se siente impulsado hacia la venganza, o sea, la práctica de la antigua ley del ‘talión’, ‘ojo por ojo, diente por diente’. Ley que consistía en devolver, de la misma manera, y en la misma medida, la ofensa recibida.
Vengarse, por cierto, es mucho más fácil que perdonar, sin embargo, desencadena secuencias sin término de violencia y marca nuestro fracaso humano. Imitando a Jesús, quien desde la cruz supo perdonar a sus verdugos, ponemos amor donde hay odio y generosidad donde hay egoísmo. Perdonar no es signo de debilidad. Más bien, es signo de madurez y de fe, en nuestro seguimiento de Jesús. A la lógica de la venganza, Jesús contrapone la del perdón sin límites, la única que puede desactivar los mecanismos que generan, una y otra vez, odios y divisiones. Y para la vida armónica y fraterna de la comunidad cristiana la ley del perdón es condición indispensable y meta alcanzable. Además, debemos entender que las ofensas, que nos hacen los compañeros de fe, no son nada en comparación con nuestras ofensas a Dios. Y mientras Dios perdona todo, nosotros ni siquiera damos plazo. Precisamente como el siervo ingrato de la parábola, que no escuchó las súplicas de su pequeño deudor: “No quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda”.
La parábola del rey compasivo y del siervo deudor, está construida con base en un contraste. Se trata, en efecto, de la oposición entre dos comportamientos: el del amo, que perdona por amor la deuda de su siervo y el del siervo, incapaz de hacer lo mismo con un compañero deudor. El primero ha hecho la experiencia de la magnanimidad y misericordia de su señor, pero luego no es capaz de hacer lo mismo con su compañero. La enseñanza de la parábola es clara: Dios, en su infinita misericordia, supera las expectativas del hombre perdonándole todo; el hombre, por lo contrario, se revela mezquino y despiadado en relación con sus semejantes.
El texto de hoy pone, así, el primer fundamento de nuestra capacidad de perdonar: porque Dios perdona: “El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda”. Ante Él, sabemos perfectamente de ser deudores insolventes. La actitud de perdonar, propuesta por el Evangelio, será viable en la medida en que imitemos a Dios: como Él perdona los pecados del hombre, de esa manera el hombre debe perdonar al propio hermano. El hecho de no lograrlo no será irrelevante, parece decirnos el final del texto de hoy, en el juicio final. Para Mateo, el juicio último de condenación caerá inexorable sobre quien no ha puesto en práctica la misericordia, en la forma concreta del perdón fraterno: “Lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. En efecto, en el perdón ofrecido o negado, como en el amor a los necesitados, cada uno se juega su destino definitivo: “¿No debías tú también –nos dirá el Señor- haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” El criado cruel, por su conducta, parece quedar excluido de la gracia que se le había hecho.
Finalmente, la idea fundamental, puesta en evidencia con eficaz intensidad en la parábola, es la de que el discípulo debe estar dispuesto al perdón frente a la ofensa, sobre todo, por la conciencia de ser él mismo deudor frente a Dios, su Señor. El evangelista quiere subrayar como dos polos de la vida del discípulo: la gratuidad absoluta del perdón divino, por la cual sus oyentes han podido entrar en la Iglesia, y la exigencia solemne del perdón fraterno, cimiento indispensable de toda comunidad cristiana.
Con esta parábola finaliza el ‘cuarto discurso’ del Evangelio de Mateo: con el deber del perdón el cual, añadido a las instrucciones anteriores, constituyen una especie de ‘reglamento para la comunidad’ y, hoy, para nosotros, que en ella vivimos. La Iglesia estuvo siempre bien lejos de ser santa, como debía serlo. Sin embargo, nadie puede negar que, en todo tiempo, ella ha sido el lugar donde se enseñó la misericordia de Dios y donde los hombres aprendimos, siquiera un tantito, a perdonar, o sea, a amar.
Padre Humberto Marsich m.xumbertomarsich@hotmail.com


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