Hay quienes oponen resistencia a esta doctrina evangélica del liderazgo de Pedro, sin embargo, no podemos rechazar que la sentencia de la fundación de la Iglesia sobre la ‘roca’ va dirigida, de manera expresa, sólo a él y el poder de atar y desatar, que recibe, es especial y exclusivo para su persona. Umberto Marsich m.x.umbertomarsich@hotmail.com

Finalmente un texto eclesial finalizado a evidenciar el origen cristológico del papel de Pedro y de sus sucesores, en la persona del Papa. Se logra el objetivo a través del momento en que Jesús pregunta a los discípulos acerca de lo que la gente dice y lo que ellos mismos piensan de Él: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”.

La gran variedad de respuestas, acerca de la identidad de Jesús, revela el gran misterio que Jesús seguía siendo para sus contemporáneos y la gran incógnita que es, aún hoy, para muchos de nosotros mismos. En efecto, para varios de nosotros no llega a ser más que un gran amigo, un personaje significativo, un profeta indiscutible, un revolucionario descontinuado, una ‘buena persona’, etc. Se trata de interpretaciones que, naturalmente, proceden de la ‘carne y sangre’ y que no van más allá de lo que sugiere el corazón, más que el Espíritu de Dios.

Todas estas opiniones, por cierto, no llegan a la verdadera naturaleza de Jesús ni a su novedad, especificidad y alteridad. Para conocerlo verdaderamente es necesario hacer la experiencia de su presencia, como la han hecho los discípulos, cuya opinión, desde luego, se contrapone a la de la gente. A Jesús, por cierto, no se le puede reconocer ni amar sin que el Padre, que está en los cielos, nos lo revele. Este es el sentido del aprecio que Jesús le hace a Simón; de lo ‘dichoso’ que resulta ser, por haberlo reconocido como Mesías e Hijo de Dios: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos!”.

Este reconocimiento de Jesús, desde luego, vale también para nosotros, los creyentes de estos tiempos. En los tres evangelios sinópticos Pedro contesta, en nombre de los doce, con una declaración que se aleja claramente de la opinión de la “gente”: “Tú eres el Cristo (‘Kyrios’, Señor), el Hijo de Dios vivo”. La referencia al Mesías y a la filiación divina, como algo esencial de Jesús, es aquí explícita y contundente.

Inmediatamente después de la confesión de Pedro, sigue la concesión del poder de las ‘llaves del reino’, el poder de atar y desatar, unida a la promesa de que Jesús edificará sobre él –Pedro- su Iglesia, come sobre una piedra firme e inquebrantable: “Tú eres Pedro, o sea “piedra”, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: todo lo que ates en la tierra será atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra será desatado en los Cielos”. Jesús elige a Pedro. Él será, para siempre, la base visible del nuevo edificio eclesial; del nuevo Pueblo de Dios. En adelante, los sucesores de Pedro, los Papas, serán, uno tras otro, cabeza visible del cuerpo de la Iglesia, lo mismo que Pedro lo fue para el grupo de los apóstoles y para la primitiva Iglesia.

El sobrenombre de ‘roca’ tiene un valor simbólico para la persona que lo recibe. Su verdadero sentido es el de significar la misión y el cargo para el que Simón es destinado por Jesús. Quiere Jesús edificar su Iglesia sobre la roca de Simón, quien está elegido, en efecto, para ser el fundamento de la Iglesia. Simón debe dar a la Iglesia de Cristo, como su fundamento de roca, firmeza inexpugnable, esto es, hablando en imágenes, llegar a ser jefe, provisto de la autoridad pertinente. A esta Iglesia Jesús hace la promesa de que “las puertas de los infiernos no prevalecerán contra ella”. El sentido de esta nueva imagen es que la Iglesia, que Jesús va a edificar, sobre el fundamento de Pedro, no sucumbirá nunca al poder de la muerte. La Iglesia, por cierto, recibe aquí la promesa de perennidad e indefectibilidad. Permanecerá, en efecto, por ser inquebrantable ‘la roca’ sobre la que está fundada, es decir, Pedro.

“Al llegar a las aldeas de Cesarea de Felipe”: este particular nos hace caer en la cuenta de que Jesús y sus discípulos, encaminados hacia Jerusalén, el lugar de la pasión y muerte de Jesús, se detienen un momento por algo muy importante y trascendente. Los tiempos, evidentemente, presionan para que Jesús transmita ya sus poderes y herede su legado a aquellos que ha escogido. “Tras la gran época de la predicación en Galilea, -nos dice su santidad Benedicto XVI, en su libro ‘Jesús de Nazaret’- éste es un momento decisivo: tanto el encaminarse hacia la cruz como la invitación a la decisión que ahora distingue netamente a los discípulos de la gente que sólo escucha a Jesús pero no lo sigue, hace claramente de los discípulos el núcleo inicial de la nueva familia de Jesús, la futura Iglesia” (p. 340).

Iluminados por el texto de Mateo, percibimos que la fe en Jesús Cristo Hijo de Dios es la base de la Iglesia y que Pedro asume, en ella, un papel indiscutible de liderazgo y de primacía: “Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: todo lo que ates en la tierra será atado en el Cielo…” La entrega de las llaves no significa que Simón Pedro quede nombrado portero del cielo; Pedro, y sus sucesores, no tienen que ejercer sus poderes en el cielo, sino en la tierra. El poder de atar y desatar, aquí en la tierra, se proyecta, a su vez, también en el cielo, ante Dios. La misión de

la Iglesia, firmemente edificada sobre el fundamento de Pedro, es también la de abrir o cerrar a los hombres la entrada al Reino de Dios. Atar y desatar, obviamente, no consistiría sólo en cuestiones de doctrina, sino que abarcaría también el poder de impartir disposiciones obligatorias, de carácter disciplinario, para todos los fieles. Hay quienes oponen resistencia a esta doctrina evangélica del liderazgo de Pedro, sin embargo, no podemos rechazar que la sentencia de la fundación de la Iglesia sobre la ‘roca’ va dirigida, de manera expresa, sólo a él y el poder de atar y desatar, que recibe, es especial y exclusivo para su persona. El hecho de que Pedro sea cabeza de los apóstoles y piedra de base de la Iglesia, sin embargo, no impide absolutamente que, en otros lugares bíblicos, se diga que ésta tiene por cimientos a los Doce. También ellos, en efecto, reciben el poder de atar y desatar en Juan (20, 21) pero, en ese lugar, se refiere al perdón de los pecados.

El fundamento evangélico del liderazgo de Pedro, en la vida de la Iglesia, creo que puede ser una fuerte motivación para vincularnos más decididamente a él y una razón más para ratificar, con fe y esperanza, nuestra obediencia y fidelidad a aquel que de Pedro es, hoy, por elección del Espíritu, su sabio e iluminado sucesor: el Papa Benedicto XVI.