JESUS CAMINO, VERDAD Y VIDA.
(Juan 14, 1-12)
“¡No pierdan la paz!”. Con estas palabras Jesús comienza el primero de sus tres discursos de despedida con el cual, de arranque, trata de suavizar el desconcierto de sus amigos, en vista de su inminente separación de ellos, y de amortiguar nuestra angustia por las posibles crisis de fe, frente a la magnitud de los males, personales y sociales, que nos envuelven y desafían. “Si creen en Dios, crean también en mí”, proclama Jesús: la fe, en efecto, es el camino para dominar angustia y desaliento. Jesús alude, con esta frase, a aquella fe que ve, en su partida de la tierra, el consecuente retorno victorioso al mundo del Padre celestial. Es aquí donde habrá moradas, o sea, sitios definitivos y seguros para muchos y, por tanto, también para sus discípulos de entonces y de todos los tiempos. Las muchas moradas, en efecto, simbolizan la amplitud infinita de la casa del cielo, meta de la comunidad discipular de Jesús, de sus amigos y creyentes fieles de todos los tiempos. Es obvio que por “casa” se entiende la misma realidad divina con la cual estaremos en eterna comunión: meta y fin de toda existencia humana.
Nos complace, a este punto, pensar que la partida de Jesús y su retorno final tengan la finalidad de conducirnos hacia la mansión que nos ha sido preparada desde la eternidad por Dios mismo. Es que el Padre y el Hijo son uno y quien ha conocido, o sea, aceptado al Hijo, ha conocido y aceptado al Padre. La idea del retorno final de Jesús, o sea de la “parusía”, no nos debe de proyectar hacia la resurrección universal del último día sino, más bien, hacia nuestra propia resurrección, que coincidirá, más precisamente, con nuestra muerte personal. Coincidente, para todos, será únicamente la muerte. Ésta nos avienta en un necesario y figurado “sitio imaginario”, que dejará de serlo, cuando en la eternidad alcanzada, hará desaparecer nuestras categorías humanas del tiempo y del espacio.
Acerca de “cuál es el camino y cuál la forma para llegar a la meta final”, la respuesta de Jesús es inmediata: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie llega al Padre sino por mí”. Se da a sí mismo como el único camino que conduce al Padre. La fidelidad a su misión es y será, en efecto, para sus discípulos de todos los tiempos, la forma para llegar a la morada preparada por el Padre. Sin embargo, no olvidemos que no se trata de un camino fácil. En efecto, Jesús mismo nos ha hablado de ello como de algo angosto, ríspido y lleno de piedras, o sea, de obstáculos y sufrimientos. El recorrido cristiano para llegar al Padre es el camino de la cruz de Jesús y, éste, incluye, de antemano, la pasión y la crucifixión, es decir, la sobriedad de vida, la práctica constante de la justicia, el sacrificio, la lucha al egoísmo, la renuncia a nosotros mismos y la entrega generosa a los demás.
El desconocimiento de la meta y del camino no puede ya ser posible ni admisible para nosotros, discípulos de antigua fecha. La pregunta de Tomás, apóstol práctico e inquieto de Jesús, “Señor, si no sabemos adónde vas, ¿Cómo vamos a conocer el camino?”, ya no debería tener sentido para nosotros. En efecto, Jesús es nuestro maestro y amigo desde ya mucho tiempo y, en su palabra, hemos puesto toda nuestra confianza. Sin embargo, por las dudas, Jesús nos ratifica, en la respuesta a la pregunta del apóstol, que el camino es Él y el término es la “familia divina”. Para mayor exactitud, en cierto sentido, él mismo es camino y meta también, alcanzable por la acción del Espíritu. En efecto, quien ha llegado a conocerlo a Él, revelador del Padre, ha conocido también al Padre Dios, puesto que Él está en el Padre y el Padre en Él. Sólo mediante la fe en Él se puede tener acceso a la vida misteriosa de las personas divinas que comparten todo y son un único Dios y a la casa del Padre, o sea, a la salvación y liberación plena del mundo y de todo lo que, en el mundo, ha sido causa de dolor, angustia, desconcierto y muerte.
Jesús, consciente de las limitaciones humanas, no sólo contesta a la pregunta de Tomás sobre el camino, sino que agrega algo más: “Yo soy la Verdad y la Vida”. La verdad, que clarifica la mente humana, liberándola de la ignorancia religiosa y que revela la identidad del Padre; la vida nueva, que complementa la terrena y la hace plena, proyectándola hacia la eternidad y excluyendo la muerte. En efecto, toda la existencia de Jesús en el mundo ha sido una “misión de vida”.
Los discípulos y nosotros mismos, sin embargo, no estamos preparados para entender todas estas cosas y la sucesiva pregunta de Felipe lo demuestra con evidencia: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. En realidad, Felipe no desea ser transportado al mundo del más allá para ver a Dios cara a cara y estar siempre con Él. Sólo pide al Señor, para el tiempo actual y mientras está todavía en la tierra, una visión directa de Dios. La petición de Felipe, por cierto, no se aleja mucho de nuestro deseo, tal vez no explícito, de lograr, ya desde ahora, pruebas ciertas de su existencia, milagros que lo evidencien irrefutablemente y que conviertan a los incrédulos. La cosa es que nos cuesta sudor y angustia seguir creyendo con serenidad y firmeza, no obstante que Dios se haya ya hecho visible en la persona de Jesús, su mediación histórica y física. Es Dios mismo, en efecto, quien obra en Jesús. A los discípulos de Jesús y a nosotros, sólo nos corresponde creer en esta mutua presencia del Padre y del Hijo. Garantía de tal unidad entre uno y otro serán siempre las palabras mismas de Jesús y sus obras.
Sólo la certeza que Jesús permanece con nosotros y quiere ser oferta permanente de vida y verdad, en el camino que nos conduce al Padre, suplirá la insuficiencia y debilidad de nuestra fe; evitará el riesgo de que nos dejemos seducir por caminos alternativos al suyo; nos alejará de la tentación de sumirnos en el caos contemporáneo de medias y falsas verdades y nos impulsará a rechazar las frecuentes agresiones en contra de la vida física, moral y espiritual del hombre de hoy. Jesús, y sólo Él, sea nuestro camino, verdad y vida.


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