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En 1802, Darwin relata el proceso del evolucionismo de las especies, partiendo del caos inicial hasta la llegada del hombre, posterior a la vida en general. Lo que reconoce Darwin es el poder “genésico” de la materia como omnipotente, sin que nadie, ni demiurgo ni Dios, le hayan echado la mano. La transición de lo inorgánico a lo orgánico; de lo inerte a la vida, se habría dado, a lo largo del tiempo, por el único timonel, que sería el azar. 

EVOLUCION.jpg Evolución

El hombre, desde luego, goza del genio-inteligencia por carambola y habría pasado, del gruñido al canto, por evolución. Según Darwin, el hombre sería un producto más de la materia, sin embargo, su teoría, respecto del origen de la libertad e inteligencia humana, no satisface. Todo es como es y sucede como sucede en la naturaleza cósmica y biológica, pero, en el hombre, es diferente. Él rige su vida con leyes de libertad y se mueve en razón de lo debido. El hombre, en efecto, resulta ser supra-natural, o sea, “moral”. Somos, de verdad, arquetipos únicos: cada quien es singular, es único en sí y en su quehacer. Especie e individuo, en él, están separados y cada uno representa una idea peculiar, una novedad diversa e un mundo irrepetible. Somos, en efecto, la única novedad que acontece en la historia; somos huellas inéditas y más que la misma especie. El remate de nuestra especie es, además, la persona. La libertad, de la que estamos dotados, es la antítesis del proceso de la evolución y de su determinismo. El hombre pertenece al mundo, pero no es del mundo. Hay algo que lo proyecta, prescindiendo de su misma voluntad, hacia la infinitud: es su trascendencia. Mira al infinito y habla de su muerte. Por su autoconciencia el hombre no pertenece a la teoría de la evolución. El eslabón perdido es aquel que no logra justificar lo específicamente humano, como producto de la evolución. Lo espiritual del hombre es una realidad, cuyo génesis, no depende de la materia y, cuyo destino, supera las categorías antropológicas del tiempo y del espacio. El bipedalismo, el uso de herramientas para el trabajo, la organización social, la creatividad tecnológica y el tamaño del cerebro, diferencian la especie humana de cualquier animal. La sola biología no podrá nunca explicar nuestras habilidades intelectuales. Lo que no entiendo es el ¿Por qué otra teoría, diferente a la evolucionista, no puede ser confiable ni científica? ¿Por qué el “creacionismo divino” sería necesariamente irreal y fantasioso? El dogmatismo positivista, que quiere imponerse como fuente única de la verdad, también en esta ocasión, hace estragos y mortifica impunemente la inteligencia humana. La científica, en efecto, no es la única verdad y su método debería complementarse con aquellos que también pertenecen al ser humano, produciendo y amplificando, así, el abanico del conocimiento. Las verdades filosóficas y teológicas también son productos legítimos de la mente del hombre y la epistemología debe reconocerlo por justicia y honestidad. Que el hombre constituya un “incidente” dentro de la evolución de más de 4 millones de años; que los compuestos orgánicos sean anteriores al planeta mismo que habitamos, por haberlos encontrados en las moléculas interestelares, o sea, en el meteorito de Murkinson, no hacen que profundizar el espesor del misterio del origen del cosmos y de la vida.A la luz de cuanto hemos reflexionado anteriormente creemos que la teoría evolucionista de Darwin, basada sobre la selección natural, es insuficiente para comprender el ántropo génesis, cuya esencia es cualitativamente distinta de la animal.

 Darwin

No necesitamos, como en el pasado, condenar a Darwin. Si el Concilio de Colonia (1862) condenó el darwinismo lo hizo con el afán de afirmar la necesidad de aceptar la acción de Dios en la creación. El Concilio Vaticano I (1869-1870) no condena, en efecto, el evolucionismo; lo que no acepta es el materialismo creciente, reproponiendo la verdad de Dios creador del hombre, de su cuerpo y de su alma. El Papa Pío XII, un siglo más tarde, hará declaraciones mejor estructuradas, en las que ratifica la superioridad del hombre respecto del reino animal, por su dimensión espiritual; afirma que el cuerpo de Adán no proviene de un cuerpo animal anterior y que la mujer es similar al varón. El misterio del origen del alma humana es explicado por el Papa Pablo VI: “Las almas son creadas cada una por Dios directamente” (1966). El Papa Juan Pablo II, a su vez, relativiza la hipótesis evolucionista, considerándola sólo como una posibilidad en el orden biológico y señalando, una vez más, como la fe pide creer en la creación del alma por Dios. El hombre es una criatura nueva, dotada de capacidad intelectiva, que lo define en discontinuidad con los otros seres vivos. En la visión teológica contemporánea, alma y cuerpo humano se consideran generados simultáneamente: cuando existen ya las condiciones bioquímicas para que un nuevo ente sea considerado “humano”, se daría también la presencia de ese principio vital que llamamos alma y que está en el origen de la “hominización”. Por esta sencilla razón, la Teología, hoy en día, ha superado la interpretación monogénica del origen del hombre, tan defendida por Pío XII. La referencia bíblica, en efecto, hace hincapié a la humanidad en general, simbolizada por la figura de Adán, más que a un solo hombre particular. La personalidad de Adán, por cierto, es más “corporativa”, o colectiva, que individual. Es obvio que las categorías culturales, presentes en el relato del Génesis, no son verdades teológicas. Esta comprensión clarificante se ha producido, desde luego, progresivamente.

 

Siervo de Dios, Juan Pablo II.

Volviendo al problema inicial del origen del cosmos y del hombre en la tierra, aun cuando podríamos aceptar la hipótesis de un “big-bang” primordial, nos quedaría la duda acerca de ¿“quién” prendería la mecha? El evolucionismo podría explicar la mutación morfológica de la especie humana: del austropiteco al pitecántropo, al homo erectus y al homo sapiens (hace 170.000 años), sin embargo, eso no justificaría lo propiamente humano que, en cuanto esencia única e inédita, pide su comienzo propio, o sea, su año cero. En efecto, no cualquier cuerpo puede ser humanizado, es decir, apto para el hombre; tampoco puede ser digno de la palabra si no es organismo humano. Cada tigre será siempre como el primer ejemplar, esencialmente; mientras cada ser humano será siempre impredecible y diferente. El animal es, irremediablemente, un siervo adscrito a una tierra; el hombre es un ser libre, en el mundo, y candidato a ser creativo, o sea, un “petit Dieu”, diría Leibniz. Además, mientras el animal usa el agua, el ser humano se pregunta también el “qué es” el agua; se apropia de lo universal de las cosas, con las ideas, y construye conceptos.

Teoría del BIG BANG

Es verdad, que la inteligencia ha sido siempre “la cruz” del evolucionismo, en cuanto no es fácil explicarla orgánicamente. Es así, entonces, como cada ser humano es superior a la especie por que la inteligencia es suya, más que de la especie. La persona, en efecto, es el ser de cada quien y es un mundo único, irrepetible e insustituible. Es la única novedad que acontece en la historia perennemente y, la muerte de cada una de las personas, hace huérfana a la humanidad entera. Como tú, en el planeta tierra, no existe ningún otro ser; como tampoco existirá jamás otro Mozart. Creemos que el ser humano es un fenómeno absolutamente complejo que ninguna teoría, jamás, será suficiente para revelarnos el misterio de su origen e identidad. Tal vez, sólo otro misterio, inevitablemente Mayor, podrá acercarnos a ello: Dios.