Luego de lavarse las manos, haciendo ironía del ritual judío de purificación, el Pretor romano entregó a Jesús, luego de hacerlo azotar, para que fuera crucificado…y allí se desató el infierno.
Dios Creador se había hecho hombre para vencer al mal con el bien, actuando como hombre, y para sembrar en la Tierra la verdad cristiana de que “no se puede vencer el mal con el mal, antes bien, solo se puede vencer el mal con el bien” demostrando a su creatura que las armas con las que el mal combate son incompatibles con la humanidad, en tanto que la coraza que recubre al Bien es invencible. Pero las fuerzas del mal no dejaron pasar la oportunidad de derrotar a Dios, pues siendo hombre era vulnerable.

En el trayecto que Jesús caminó desde la fortaleza Antonia, la residencia de Poncio Pilato, hasta el monte Gólgota, conoció a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo y que fue obligado por los romanos a cargar el patibulum de la cruz, pues resultaba evidente para sus verdugos, que Jesús no podría ya con tanto esfuerzo y contemplaron la posibilidad de que desfalleciese en el trayecto o, todavía peor, que muriese antes de ser crucificado, cosa que el verdugo tenía que cuidar porque la sentencia del condenado debía concretarse en vida; no podían crucificar un cadáver.
Obligado por los verdugos romanos a cargar la cruz de un condenado, Simón el cireneo procuró advertir a quienes miraban, que él, siendo un inocente, cargaría el instrumento maldito de muerte que la ley mosaica repudiaba, pues en las escrituras consignado estaba que moriría como maldito de Dios quien fuese colgado de un madero. Maldito era el sentenciado, maldita la cruz y maldito todo lo que tocara el madero. Simón, siendo obligado, tuvo cuidado de conservar su pureza repudiando al condenado; pero durante el camino las cosas darían un giro.
Jesús había sido abandonado por quienes le seguían, excepto por algunas mujeres que desde lejos observaron cuanto con él hicieron. ¿Dónde estaba el leproso a quien limpió? ¿Dónde el ciego, el sordo y el paralítico? ¿Dónde se encontraban Jairo y su hija a la que revivió? Mientras Judas, uno de sus amigos, se ahorcaba en un árbol cuando no pudo manejar el choque de sentimientos de rebeldía y de arrepentimiento, y moría él sí como un impuro ante Dios, colgado de un madero; Simón el de Cirene era el acompañante del nazareno. Nada le dijo Jesús pero lo acarició con su mirada agradecida, ni una palabra, pero cuando juntos llegaron al lugar donde estaba colocado el stípite que recibiría encima el mismo patibulum que cargó Simón, ya no quería separarse de Jesús. Los verdugos tuvieron que separarlo a jalones y con amenazas de crucificarlo a él también si no se retiraba.
Fijaron sus manos al madero con clavos y también sus pies, colocaron un letrero sobre su cabeza con la causa de su condena Iesus Nazarenuz Rex Iudaeorum, se jugaron sus vestiduras, le acercaron vinagre para darle de beber cuando dijo que tenía sed, le oyeron implorar perdón por quienes le habían despedazado el cuerpo entero porque no sabían lo que hacían, le escucharon lanzar un fuerte grito y lo vieron expirar. Jesús murió.
Parecía que las fuerzas del mal hubiesen triunfado. Las tinieblas cubrieron el sol, se desató una tormenta, la Tierra tembló y un centurión que estaba junto a la cruz, al ver cómo había muerto, dijo: “verdaderamente este hombre era hijo de Dios”. Su cuerpo fue colocado en un sepulcro propiedad de José de Arimatea, miembro respetable del Consejo de Ancianos, quien se armó de valor para pedir a Pilato que le permitiese descolgarle de la cruz. Simón de Cirene, que había permanecido junto a él en el Calvario, hasta después de su muerte se fue hacia donde se dirigía luego de regresar del campo, para encontrarse con sus hijos, pero ya jamás olvidaría al nazareno a quien ayudó a cargar su cruz, al inocente que había sido condenado a morir.
Pasado el sábado, de madrugada, el primer día de la semana, tres mujeres acudieron al sepulcro para lavar y purificar su cuerpo, pero no lo encontraron, el sepulcro estaba vacío.
Dios había escuchado que les perdonara porque no sabían lo que hacían; Dios quiso tomar por bueno lo que resultaba en un acto de ignorancia, que no de maldad, y nos lo resucitó. Dios Creador sabía que la muerte no puede vencerse con muerte, sino con vida, y resucitó a Cristo para vencer el mal con el Bien.




Ningún usuario ha comentado " “Para vencer el mal con el Bien”.Por Roberto O’Farrill Corona (El Pulso de la Fe) "
Sigue en vivo los comentarios rss o mantén un Trackback