Predicado por el R. P. Dr. Alfredo Sáenz, SJ
Para que se cumplieran las profecías, el Rey de Reyes no entró en Jerusalén montado en brioso corcel, sino en humilde y manso pollino. La muchedumbre lo recibió tendiendo sus mantos sobre las calles y clamando “Hosanna al hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor”. Pero poquísimos días después, muchas de esas voces cambiarían los vivas en mueras, su adhesión a la reyecía de Cristo por la del César, la corona real por la de espinas, los verdes ramos de olivos por la cruz reseca.
Oportunamente la liturgia une la procesión triunfal, imagen de la gloria que nos espera en el cielo, con la pasión redentora, figura del camino difícil que nos conduce a él, para que aprendamos a no descansar demasiado en nuestras alegrías terrenas en un mundo en que fácilmente los gozos se cambian en llantos.
Convertir el “Hosanna” en “Crucifícalo”, fue la terrible venganza de los jefes de la ciudad, los príncipes y sacerdotes judíos que no salieron a recibir al Mesías. Pero el Señor quería que esta entrada triunfal tuviera lugar porque es Rey de Jerusalén y del Universo, y sus derechos reales no serían disminuidos por la veleidad de la masa. Quería mostrar que, como Rey Pastor, no olvidaba a su pueblo ni a su ciudad y le ofreció la última oportunidad de conversión. Pero el Judaísmo oficial no lo aceptó, solo lo hicieron los humildes de corazón que, al levantar sus ramos, saludaron la próxima victoria de Cristo sobre la muerte y el demonio.
Celebremos este día, demos rienda suelta a nuestros vítores, tomemos parte en el triunfo de nuestro Señor, proclamemos su realeza y pongámonos bajo su cetro. Porque Él seguirá siendo rey desde la Cruz, cuando la corona de ramos sea reemplazada por la de espinas. El Hosanna” y el “Crucifícalo” son dos gritos que convienen a su reyecía y acompañan a la Iglesia a lo largo de los siglos de modo que siempre estará pasando de la victoria a la agonía y viceversa hasta que resuene, al fin de la historia, el triunfo final de Jesucristo.



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